Luces de bohemia

Narración de las últimas
trágicas horas de vida,
de poesía perdida,
y de Max y sus lágrimas.

Poeta venido a menos,
despedido del trabajo,
de miseria es un pingajo,
degenerando sin frenos.

Max Estrella es poeta pobre,
que deambula por Madrid
buscando el fruto de la vid,
granate, rojizo y ocre.

Lo hace junto a un amigo,
Don Latino, el embustero,
corrupto filibustero
que convertirá en castigo.

Trae dinero de libros,
miseria que ambos enfrentan
con cuentas, que se cimentan
en engaños y equilibrios.

Max ve sin ver luz vacía;
es poeta ciego y cesante,
con burlas por ser errante
de su hambre y de poesía.

Ciego y poeta arruinado,
cambia verso en pan tardío;
le escupen su sombra y frío
por su óbolo descarnado.

Don Latino, que es gran bribón,
troca libros por migajas;
trueca cultura por pajas
y su ética en liquidación.

Zaratustra, iluminado,
compra a peso la belleza;
la miseria es su destreza,
el engaño, su legado.

Zaratustra, es fiel librero
que paga moneda ardiente
y tima, aunque estés pendiente,
o escondas tu monedero.

Entran en la librería
con legajos bajo el brazo,
y se dan el batacazo
en engaño que confían.

Los echa muy altanero:
su empresa ahorra en talento,
y el genio cobra en lamento
mediocridad sin dinero.

Deciden emborracharse,
para así matar sus penas;
entran en varias tabernas,
para beber hasta hartarse.

Noche sucia, vino y lote;
Max empeña capa vieja;
la suerte nunca aconseja
al que al nacer es Quijote.

La troca por lotería
que cree ha sido premiada,
aunque haya sido cambiada
y no tenga simpatía.

Otros beben sin empacho:
son los artistas de cartón;
gran verso, vida de ratón
con los humos de un borracho.

Por miserable discusión,
envuelto en un escándalo,
semeja ser un vándalo,
que lo condena a la prisión.

Visión de moneda ardiente,
taberna, humo y borrachera;
la culpa duerme en la acera,
prisión para el inocente.

Grito torpe con golpe cruel;
la ley cae cual martillo;
el culpable viste brillo,
mas el inocente, un cordel.

Conoce al reo catalán
que pronto van a fusilar
y, en un diálogo impopular,
hablan del dolor y su clan.

Pronto será fusilado,
mañana en alba sin nombre.
Y, mientras se mueren de hambre,
rezan al muerto callado.

Max, libre sale aparente,
viendo la farsa del poder,
que el ministro sabe vender
como corrupción decente.

Todos brindan por el genio.
Rubén y Lunares, por pan,
y por el Prado abajo van
entre arte, carne e ingenio.

Un disparo de rebelión,
un niño cae cual trapo.
El Estado se ve guapo
en su espejo con curvación.

“Somos farsa —dice helado—,
muñecos de mal espejo”.
Y el sistema, tan complejo,
lo deja morir tirado.

Muere sin haber vivido.
El país afila sentencia,
compra silencio y conciencia
con ministro bien vestido.

Niño muerto en la rebelión,
como espejo del Estado.
Max muere alcoholizado,
lleno de honda desilusión.

Muere Max en la escalera,
borracho, ciego y sincero;
Don Latino, caballero,
le vacía la cartera.

En velatorio indecente
y llanto de compromiso,
la amistad cobra recibo
por su velar al ausente.

Velatorio, ritual banal,
risas sobre un cuerpo inerte,
al genio casa con muerte;
la suerte premia al criminal.

Lotería da explicación:
el azar tenía premio.
El ladrón brinda en su gremio;
la justicia pide perdón.

La familia, en noche fría,
cierra difunta la función.
La gente aplaude la ilusión
de acabar esta sangría.

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