En un espejo brillante,
con lejano son festivo,
admiro el rostro galante,
hasta olvidar mi motivo.
Sentada ante mí reflejo,
veo el rostro en regocijo.
Algo de base, y lo dejo,
con maquillaje prolijo.
Satisfecha, guiño un ojo:
he perfilado mis cejas
con la finura que escojo
para que queden parejas.
Mira, y obsérvame, espejo:
pongo polvos, brillo y arte;
quiero me vean de lejos,
que mi rostro es estandarte.
Ahora me siento chispeante,
con mirada de vodevil;
seré diva deslumbrante
de simpatía juvenil.
Brocha en mano, soy artista;
dejo atrás mi piel ajada;
soy reina y payaso en pista,
con rubor y carcajada.
Alzo una ceja, irónico,
hago un gesto afeminado,
como un actor dramático,
aunque no haya terminado.
Pestaña postiza al vuelo.
¡Qué divina está esta dama!
Purpurina en mi desvelo,
labios rojos, fuego y drama.
El rímel sube, ¡qué duelo!
¿Ceja alzada? ¡Sí, querida!
Soy diosa, loca y revuelo,
de tragedia bien servida.
Recojo mi nuevo pelo;
el postizo me coloco
de color de un caramelo
y soy la mujer que evoco.
Media melena divina,
con las puntas onduladas
y un flequillo de cortina,
que tapa arrugas privadas.
¡Ya parezco una vecina!
De esas que, con vino y risa,
cuando la fiesta declina,
se destapan la camisa.
Peluca al viento, encendida.
¡Con qué magia me reviste
de una nueva y falsa vida
cuando el hombre ya no existe!
Soy reina de pandereta,
con un disfraz de estandarte.
Soy payaso de etiqueta
en cada trazo y su alarde.
Me calzo mis plataformas
y camino exagerado,
buscando guardar las formas
al desfilar sobre estrado.
Plataformas de tres pisos
para parecer estrella.
Me sostienen los hechizos
por ser payaso y doncella.
¡Ay, mis pies de Cenicienta!
Tributo en nombre del glamur.
Con pasos que son afrenta,
ante ti me inmolo, cual tahúr.
Y en el brillo del tocado,
entre ser santa y medio error,
me confieso transformado,
soy mitad pluma, mitad flor.
Y al mirarme en el espejo,
cuando su luz parpadea
con sombras en mi reflejo,
sé que empieza mi odisea.
Me reviso de nuevo,
pues la música se apaga;
con mi disfraz me renuevo
y seré princesa y maga.
Si me caigo, los seduzco.
Soy la farsa más altiva.
Yo no lloro, ¡yo reluzco!
Soy comedia en carne viva.
¿Soy la mujer del consuelo
o el payaso que requieren?
En público, soy su anhelo:
ríen, gritan y divierten.
¡A reír!, que ya sube el telón.
¡Que la risa abra la puerta!
¡A fingir la perfección!
Si el alma tiembla, ¡no importa!
Pero, entre la sombra y rubor,
me pregunto: al fin, ¿quién soy yo?
¿Actriz en farsa sin pudor
o actor que juega a ser yoyó?
Cuando el show apaga el eco,
me retiro los colores
hasta quedar solo y seco,
sin ningún ramo de flores.
Ante el espejo estoy solo
con su silencio y luz fría,
sin aplauso ni piropo,
ni maquillaje de arpía.
Al quitarme la peluca,
soy un hombre que agoniza;
mi verdad vuelve y me educa;
ya no hay reina, ya no hay risa.
Me desmaquillo despacio,
mientras sepulto un suspiro
bajo el neón, sin prefacio,
que mata al sueño que aspiro.
Cada trazo que retiro
me desnuda con tormento.
Ya no hay reina, acabó el cuento;
estoy yo y mi desvarío.
Cojo un pañuelo de papel
para limpiarme los labios
y, de los ojos, su oropel,
con gestos lentos y lacios.
Mis pupilas se humedecen
sin el rímel y pestañas,
ahora soy el que aborrecen,
y se encogen mis entrañas.
Toco el cristal con el dedo;
dejo escapar un suspiro,
que resuena triste y quedo
al ver la imagen que aspiro.
Qué ironía, dulce espejo;
sólo tú conoces quién soy,
por eso, en tu cristal dejo
mi deseo cuando me voy.
Fuera esperan “los normales”.
Yo disimulo mi herida
y ante sus risas brutales
vuelvo a un rol a su medida.
Yo, hipócrita y bien peinado,
río sus risas triviales
y vuelvo al gris, disfrazado
con gestos ceremoniales.
He amado hombres en secreto,
sin permiso, como mujer;
con el alma en un aprieto
entre mi deber y el poder.
He amado hombres, lo confieso,
es algo más fuerte que yo;
he temblado en el proceso
y la sangre de mí huyó.
Pero el mundo no perdona
mi pecado, que es blasfemia,
y la culpa me corona
como un mártir de epidemia.
Ya se apaga el camerino.
Tengo que alzar la cabeza,
para seguir mi camino
y borrar esta tristeza.
Fingir un nuevo payaso,
aunque los ojos me lloren
con protocolo de ocaso
de una soledad que ignoren.
Cómo duele ser dos vidas:
ser pecado y ser reflejo,
siendo ambas malavenidas
en los ojos del espejo.
Mas me cubre la condena
con culpa que me envenena,
como flor tras la cadena.
Soy drag, soy farsa, soy pena.
Si supieran lo que escondo
tras el show y mi retiro,
me echarían en redondo.
Así que callo y respiro.
Y aunque el show me dé la vida,
me la cobra en la salida.
Porque en cada despedida,
muere un poco mi guarida.
De tanto huir, mi alma está herida.
Y aunque el arte me libera
y el alma deja rendida,
mi verdad siempre me espera.
Pero, mañana, lo juro,
aunque mi alma esté partida,
volveré al brillo más puro,
como drag queen de por vida.

