La franja de Gaza tiembla;
gime el viento, grita y vela.
La luna, con ojos rojos,
llora y se postra de hinojos.
En la franja se abre el alba,
que se desboca en la calma.
Pasa un tanque, corta agalla,
ruge a un cielo que calla.
Se alza el polvo en noche rota,
cruje el suelo, arde la boca,
y en el alba desvaría
con gente que huye en la vía.
Los tejados se deshacen
y las noches se estremecen,
como harina en mano ajena,
bajo un trueno que no truena.
En sombras sobre la casa,
un misil abre la panza
que la noche descalabra
y deshace la palabra.
Pronto se olfatean humos;
se quema el barrio en sus ojos,
la ceniza hace su cama
y la angustia abre la casa.
La pared que vuelve a crujir,
gente que intenta resistir,
y el polvo sube en bermellón,
rojo como su corazón,
“¿Por qué esos nos quieren matar?
Creo que algo nos va a pasar
y aún no ha regresado padre”,
pregunta un niño a su madre.
Pero ella no le responde;
reza con temor, que esconde
con sus rezos en un rincón.
Mas él, prosigue machacón:
“Madre, quítame este temor,
que algo detenga este horror
y no se nos caiga el cielo.
¡Bésame y borra mi miedo!”.
“Hijo, nada detendrá el horror.
Tu eres mi fuerza y mi temor;
mas puedo abrazar tu temblor
y así calmar ese terror”.
“¡Madre, madre!, ¿qué resuena
dejando un abismo en pena?
¿Qué cae y atruena el aire?”,
insiste viendo el desastre.
“Es el mundo que no entiende,
porque, si no se defiende
que aquí estamos y vivimos,
ellos dirán que nos fuimos”.
Una niña empieza a llorar,
su llanto intenta germinar;
la sangre cae en medallón,
y queda muda su canción.
Un niño llora en la jara,
golpea el polvo su cara.
Un hombre trae al pequeño
y la sangre hace su nana.
Una mujer quiere rezar,
su voz no sabe respirar;
el viento corta la oración;
noche se hunde en su renglón.
Con heridas que dan pena
va un chiquillo en carne ajena;
sangrante surge entre ruinas,
con olor a chamusquinas.
Quien lo carga tiembla entero
con unos brazos de acero,
pero avanza porque es fuego
mientras va gritando un ruego:
“Abran paso, que se apaga…
—dice en voz que nunca calla—.
Déjenme abierto un camino”.
Y se retiran sin tino.
Una hilera abre camino
con un rezo en torbellino,
y se aparta muy deprisa,
con la mirada sumisa.
Nuevo grito en un desbroce
y otro chiquillo va en brazos
de un hombre que no conoce,
pero aprieta como lazos.
“Déjenme pasar, hermanos,
con estos restos humanos;
la criatura se desmaya,
porque su sangre ya no haya”.
Los chiquillos se desangran
con mutilaciones que hablan;
necesitan cirujanos
en unos intentos vanos.
Los misiles no respetan
si su muerte la decretan,
para niños y mujeres,
quienes tienen los poderes.
Las madres van a deshojar
sus nombres, rotos al llorar;
la fe se hunde en cada balcón,
y la voz se ahoga en su tensión.
La madre intenta amamantar,
sus manos tiemblan sin parar;
la leche muere en su rincón;
la boca tiembla en su aflicción.
Su leche ya no regresa;
la garganta es pura yesca.
Una madre aprieta al crío:
“Ten mi pecho, aunque esté frío”.
“Se que mi teta está hueca
y mi garganta reseca;
sólo te ofrezco caricias
para ocultar las malicias”.
“Hijo mío, no aborrezcas,
aunque mamar apetezcas.
Ya sé que el hambre parece
como un ala que oscurece”.
“Perdona que te retenga;
yo te abrazo, aunque no tenga
ni una gota en este pecho,
ni migajas bajo techo”.
Todas buscan el latido,
ponen manos en el nido.
Mas su lactancia no acampa
en los pechos con su trampa.
“Perdóname, luz pequeña;
porque tengo la ubre seca
yo te abrazo y no te llena,
por culpa de quien nos quema”.
Las madres secan sus pechos;
no queda leche ni techos;
los seca el tiempo y la taja,
los regueros y agua mala.
“Hija, mírame, respira,
mira el pan que no se estira.
Pero el hambre, fiera muda,
abre grietas y no ayuda”.
La calle, en sangrienta herida,
polvorienta, rota y fría,
sangra piedra, grieta y vida,
en conciencia derretida.
El silencio es un cuchillo,
corta el aire sin un brillo,
muerde estruendo que lo hiere,
y el suelo tiembla y no muere.
A lo lejos cruje un muro,
sube un velo gris y duro
y una casa se derrumba,
que lo envuelve todo en bruma.
Una pared cae en frío,
demostrando el desvarío
de matar por un enclave,
por un polvo denso y grave.
Los edificios, al pasar,
parecen barcos sin anclar;
se quiebran todos al ciclón,
rotos por tanta maldición.
Las construcciones se pliegan,
como sombras que se aquietan.
Se despelleja la ciudad,
se queda sola sin piedad.
En techos hechos de pliego,
viven sombras con gran riesgo.
Asentamientos que esperan
y con guadaña cercenan.
Entre lonas remendadas,
la noche junta a la gente
y un silencio, casi inhumano,
muerde el alma lentamente.
En campamentos sin agua,
la esperanza gira en nada
y las madres, casi sombras,
rezan huecos donde nombras.
En los refugios sin agua,
las mujeres, sin enagua,
se acarician las costillas,
mientras rezan de rodillas.
Las tiendas pronto se agrietan
y la lluvia desintegran.
Se empujan por un pedazo,
desgarran por un cedazo.
La gente corre sin pensar,
las lonas quieren abrazar;
el aire rompe su estación
y el miedo juega a su elección.
La sed se quiere desatar,
la mano busca sin hallar;
la fuente muere en su rincón,
no deja paso a la ración.
El pan provoca peleas
para sacarlo en bateas;
se rompen brazos en su acción;
se hiere el alma en su tensión.
No llega sangre a las venas,
ni a la boca, salvo penas.
Todos dicen en voz baja
nombres rotos de su casa.
Una madre hace una caja.
En silencio, con borraja,
ella reza una plegaria,
que se pierde en la distancia.
“Alá, ábrenos tu regazo,
no nos sueltes de tu abrazo
en este difícil paso,
cuando llegue nuestro ocaso”.
Otras alzan rogatorias,
mientras buscan ambulancias,
o carretas y otras cosas,
con sus voces lastimosas.
“Alá, escucha la súplica
y danos muerte súbita;
no una vida quebradiza,
que entre escombros rivaliza”.
La franja empieza a murmurar,
ninguna herida quiere hablar;
la tierra guarda su razón,
conserva fuego en su prisión.
Voces que oran en la mesa,
como un río que no cesa:
“¡Oh Alá, que mis hijos crezcan;
no permitas que fallezcan!”.
Voces rezan en la noche,
como salmos en derroche:
“Oh Señor, protege vidas
que en la arena van perdidas”.
La noche pierde su calma,
la metralla toca el alma.
Se escucha el hueso que cruje,
se oye el techo sin empuje.
Esta matanza sin razón
devora luz y corazón,
destruye familia y pueblo,
pues nada crece en su suelo.
Se arrastra el carro del miedo,
que se pierde en el enredo.
Las personas piden que alguien
ponga en su sitio a cada quién.
Esta hambruna es tan avara
que todos sufren su tara.
La ciudad tiene heridas,
llagas que quedan asidas.
Y, cuando llega el reparto,
la pelea se hace parto
y parte el hambre en dos partes:
comer, o ser los descartes.
Hay discusiones por agua
y medicinas en ascua;
se empujan manos urgentes,
que rompen hasta los dientes.
Todos luchan por un frasco,
por un sorbo casi escaso;
se entrechocan como espinas
que disputan migas finas.
Una anciana grita al cielo:
“¿Dónde están los que prometen?
¿Dónde queda la palabra
cuando el hambre nos sostiene?”.
Y un sobrino le responde
con los ojos encendidos:
“Tía, no somos fantasmas,
pero el mundo nos olvida”.
“¿Dónde están los que prometen?”,
grita un alma que no duerme.
“Tía, somos carne viva,
mas el mundo nos esquiva”.
“Yo no duermo, tengo miedo
de que apaguen lo que quedo
y me dejen en el suelo”,
dice un niño sin consuelo.
Y su hermana lo consuela:
“Sueña y que nada te duela.
Duerme, hermano, yo te guardo,
soy tu muro, tu regazo”.
Pero un trueno de metralla
parte en dos la noche mala;
todos corren, todos tiemblan,
todos gritan, todos velan.
Con estruendos inhumanos
se quiebra la luz de hermanos
y un murmullo abre las manos
con rezos de los ancianos.
La muerte acecha al caminar,
la sombra vuelve a proclamar;
la luna observa su función,
sin comprender la destrucción.
Y el miedo se vuelve a adueñar,
la llama quiere retoñar,
y, aunque retumbe la tensión,
se alza la voz y es rebelión.
Cae el polvo, como nieve,
sobre el pecho que se mueve;
y el campamento resiste,
aunque el miedo lo desviste.
Se multiplican las sombras
que sostienen las palabras.
Llegan los niños como himnos,
hambrientos, solos e indignos.
Se estrechan como unas ramas
cuerpos que no se desgajan.
Muere en la garganta el grito
convertido en voz de nana.
La gente cae en la arena,
la arena guarda la fama.
Se escribe el nombre en el polvo,
se borra en la boca amarga.
Hay un gato entre las ruinas,
que duerme sobre las briznas.
Se cubre con una lona,
lona que alguien abandona.
Mas la franja no se quiebra,
se quiebra el mundo y la piedra.
La vida es como una llama;
la vida aguanta su drama.
Todo huele a funeraria,
a vida deficitaria.
Los rezos ruedan por calles
y se hartan de sus detalles.
En el humo una plegaria
se convierte en temeraria,
pero consuela, aunque coarta,
se queda allí y no se aparta.
Pero el pueblo se levanta;
todo arde y el alma aguanta;
y, aunque sienta la metralla,
la necesidad estalla.
“¡Ay, Gaza! —dice la arena
sin sentir ninguna pena—.
La llama forma una madre
y el fuego forma a un padre”.
En la franja, luz pequeña
se levanta cuando sueña:
es un faro sin consuelo,
pero firme contra el duelo.
Y, entre ruinas, rezos, luchas,
hambre, polvo y noches densas,
se alza el alma que no pesa
como antorcha que no cesa.
“Somos vida, somos fuerza,
somos grito que resuena.
Somos vida que se aferra,
aunque tiemble larga guerra”.
Así hablan los que resisten,
porque en la franja residen,
como lirios entre espinas,
como antorchas de resinas.
Así resuenan las voces
en las noches más atroces.
Gente humilde que resiste,
que se inclina, pero existe.

