Sobre la nevada estepa,
cerca de un bosque arruinado,
de pinos, robles y abetos,
que la nieve no ha cuajado,
se hunden profundas las botas
del hombre que huye asustado,
dejando un rastro muy claro
para quien sigue inmediato;
pelotón en persecución
con jauría de la mano.
Por esta llanura helada
va solo Iván Doróshenko,
soldado de rostro joven
con uniforme deshecho;
recorre la estepa helada
solo, roto y sin sendero,
con la luna en la guerrera
y el temblor de un matadero,
pues balas cruzan la noche
cual luciérnagas de infierno.
“Nieve, cúbreme los pasos,
no delates mi sendero,
porque los que me persiguen
clavarán en mí su acero”.
Murmura contra la luna,
que lo sigue como un perro.
Y esta, con su luz de candil,
le marca un sendero viejo,
que el pérfido viento borra
con su látigo de invierno.
Cruje el bosque bajo el paso
que le marca un hado ciego,
y entre pinos, como lobos,
van buscándolo con fuego.
Nieve arriba, nieve abajo,
su pulso late en silencio
y apaga el rumor de perros,
bronco bramido certero,
con botas y cartucheras
en un rápido trasiego.
Por las radios y ladridos,
los oye en su seguimiento;
lo buscan entre los pinos
como se busca un lucero.
“¿Quién anda por estos lares?”,
grita el viento ceniciento.
“Un hijo de noche errante
que ya no halla su deseo.
Que nadie siga mi rastro,
ni me borre el pensamiento”.
Pero el bosque abre sus fauces
y lo traga con estruendo.
“¿Quién va?”, pregunta la noche,
cargada de frío y duelo.
“Un hijo sin rumbo fijo,
perdido en mitad del hielo.
Que nadie me corte el paso
ni quiebre mi último sueño”,
responde. Y la nieve cruje
bajo su andar de destierro.
Por detrás vienen los rusos,
duros jinetes del hielo,
y en sus radios dan su nombre
como un presagio sin dueño.
“¡Alto ahí!”, ruge la nevada,
“¡que tu sangre pide un ruego!”,
y los pinos, enlutados,
se inclinan sobre su miedo.
De sus ramas cae nieve
como firma de este acuerdo.
“¿Quién eres tú, caminante,
con la luna en el cabello?”,
le pregunta un viejo abeto
que cruje con desespero.
“Soy hijo de tierras rotas,
soy un sueño prisionero.
Que nadie me robe el alma
ni me apague el pensamiento”,
contesta Iván sin aliento
por su congelado infierno.
Los rusos avanzan duros,
con su mirada de acero,
y en sus radios van citando
un nombre que nunca es cierto.
La nevada se estremece
si escucha su leve aliento,
y el soldado, entre silencios,
huye como un ciervo tierno.
Descansa tras los abetos
y resopla con reniego.
Mas las armas en la sombra
ya cercan el sufrimiento.
Soldados que avanzan fieros,
como un muro sin reflejo,
vociferando su nombre,
que nunca gritan entero.
Y, en la blancura nevada,
se estrecha su cautiverio
con el blanco cielo arriba
y su sombra en desconsuelo.
Ya resuena la jauría
y retumba el firmamento.
Surgen sombras con fusiles,
como lobos en acecho.
“¡Detente, ucraniano errante!
Fuiste visto en el barbecho”,
dice un sargento de rostro
afilado como un hierro.
Iván corre. Saltan luces.
La luna tiembla en el cielo.
“¡Ayúdame, madre nieve,
que me pisan el aliento!”,
grita al viento; mas el viento
sólo escupe su lamento.
“¡Ayúdame, madre patria,
que si no paro reviento,
y al hacerlo me alcanzarán,
dejando mi cuerpo al viento!”,
le grita Iván Doróshenko,
más nadie escucha el lamento.
La camada de los perros,
en la explanada de un claro,
alcanza la ansiada presa
sin una sombra de amparo.
Los perros pronto han llegado,
pelean, muerden con celo,
gruñen, luchan y dan saltos;
se acabó Iván Doróshenko,
no puede seguir corriendo,
pues su cuerpo ya es señuelo.
No han servido sus desvelos,
perseguido como un ciervo.
Los soldados lo recercan
con rostros llenos de miedo.
“¡Mucha guerra nos has dado!
¡Se acabó huir, ucraniano!
La madre Rusia reclama
ese cuerpo de soldado
y, aunque hayas luchado bravo,
en nada nos has durado”.
Con sus voces de otro idioma,
apartan aquel revuelo;
se ríen de sus mordiscos
y sus gemidos de duelo.
Golpean con sus culatas,
como en un alfiletero,
hasta que se cae al suelo
y allí lo dejan tendido,
a patadas con sus botas;
¡baño de sangre enemigo!
Lo han atrapado en un claro
donde calla hasta el silencio.
Tranquilos, charlan entre ellos,
aguardando esté repuesto,
mientras le amarran los brazos
para que quede en el suelo.
“¿Por qué corres como un siervo
que presiente pronto entierro?,
¿Por qué corres, ucraniano,
si el hielo iguala lo incierto?”.
Le pregunta un cabo oscuro,
mientras lo amarra en un vuelo.
Y, al decirlo, baja el rostro
como se baja un recuerdo.
Y el ucraniano murmura,
ahogado en desconsuelo:
“Corro porque tengo patria
y un hogar pequeño y tierno;
corro porque aún soy soldado,
no ceniza del invierno”.
Lo represan en un claro
sin latido ni lucero;
y rodean agresivos,
entre abetos sin lamento.
Él observa al horizonte
como quien mira un regreso.
No pide perdón ni tregua,
ni implora ningún consuelo;
sólo aprieta entre sus dedos
un medallón casi tierno.
Lo levantan. Camina hosco.
Cruje el hielo bajo el peso.
Con caladas bayonetas,
semejantes a un cuchillo,
lo empujan para el regreso
cantando como un cuclillo.
Lo llevan entre dos sombras
por los senderos del viento,
rumbo a la base perdida,
anotada en mapa nuevo.
Lo conducen sin palabra,
entre trochas y el sendero
“¿A dónde vais?”, pregunta Iván.
“A un lugar sin ningún eco,
donde el juez será la escarcha
y el verdugo es el secreto”.
Lo llevan por los barrancos,
lo llevan sin un lucero,
rumbo a la base perdida,
que es su campamento nuevo.
Sus botas suenan a púas
clavadas en el invierno,
y el medallón que él aprieta
brilla en un instante eterno.
Huele el aire a hierro viejo.
La noche ilumina un muro,
que entre tanta ruina se alza
con colmillos de misterio
y las llamas de una hoguera
que representan su imperio.
Iván mira a las estrellas,
sus hermanas del Loreto,
las mismas que vio en su aldea
cuando aún jugaba en el cielo.
Mientras, lo observan los demás,
tiritando sobre el hielo,
junto a sus viejos cuchillos,
con miradas de asesinos;
y beben vodka con gozo,
para ahuyentar su destino.
En la división callada
apenas vibra un murmullo.
La noche, turbia de pena,
se encoge como un conjuro.
Iván, firme entre los guardias,
mira el cielo sin orgullo,
hacia las altas estrellas,
que vio de niño en su pueblo,
con un suspiro contrito
que retiene con esfuerzo.
En la base, el aire muerde
como lobo hambriento y ciego.
A las doce de la noche
lo sacan del calabozo,
mientras se junta el pelotón
con la tristeza de un pozo.
No tiembla su voz al salir,
ni su sombra, ni su pulso.
Sólo un suspiro de invierno
le recorre el pecho, oscuro.
A Iván lo ponen enfrente,
y un capitán muy pálido,
inmóvil como una estatua,
escupe al suelo sin ruido,
lo observa sin titubeos,
y pregunta sin rodeo:
“¿Algo que decir, muchacho,
antes del último trecho?”.
Iván mira a las estrellas,
que arden frías en lo eterno.
“Sólo digo que algún día
quedará mi nombre entero
en las manos de un hermano
que me llore en otro pueblo”.
“Calla ya —dice el capitán—,
que la noche pide fuego”.
Y alza el brazo sin temblarle
ni un hueso del esqueleto.
Muestra el revólver en lo alto
en un pulso prisionero.
Sólo su sudor le cae
por los párpados, muy lento.
Marca, agitando la mano,
duro gesto sin empeño,
y el silencio abre sus alas
antes de sonar el trueno.
Cuando estalla la descarga
no habla nadie del suceso;
sólo un pino en su lamento
los desgarra en el proceso.
Cuando suena la descarga
no hay ni gloria ni tumulto;
sólo un temblor en árboles
y un eco leve, difuso.
Los disparos son un trueno
con sabor a hierro enfermo,
Cae Iván sobre la nieve,
cae leve, cae quieto,
y la aurora, al verlo, hunde
tibia lágrima en secreto.
Se derrumba el cuerpo muerto
sobre la nieve del mundo;
y, al tocar tierra su cuerpo,
la aurora enciende un susurro,
pero guarda su silencio
mientras enrojece un surco.
A las doce de la noche,
expiró Iván Doróshenko.
A las doce de la noche,
fusilaron sin lamento.
Y así nació su leyenda,
para vergüenza del ruso;
fusilaron al patriota,
mas no mataron su pulso.
De noche, la nieve llora
por la muerte de un soldado.
Cuentan que, en noches heladas,
desde que aquel joven murió,
va un militar por el cerro
y que guía a los sin ruego.
Dicen que, entre los abetos,
pasa un joven etéreo;
que su paso no hace huellas;
que al perdido da consejo;
y en su medallón resuena
un hogar pequeño y bueno.
En su pecho arde un destello,
tenue faro en el desierto,
y en su medallón reluce
la luz de un patriota muerto.
Hablan que, en noches de escarcha,
sobre el campo blanco y mudo,
pasa un joven por la nieve
con paso leve y seguro.
Dicen que guía a perdidos
que andan sin patria ni rumbo,
y que en su medallón brilla
un hogar pequeño y puro.
Y, al acercarse la muerte,
al muerto saca de apuro.

