El amor es un ataúd cerrado:
si caben dos, no asusta tanto el miedo;
mas si uno queda fuera del enredo,
¡qué estrecho se hace el lado equivocado!
Todo ocurrió durante un velatorio;
después, tan sólo un recuerdo y mi carta,
la que te escribí —mi juicio lo aparta—
porque allí comenzó mi purgatorio.
Gemía yo… pero por el catering,
que parecía querer hacer zapping
con sus canapés, en un triste camping
y falso jolgorio pobre y danzarín.
El muerto, discreto, no se alteraba,
ni interrumpía en su ataúd abierto.
Más parecía dormido que muerto,
mientras el mundo a su lado marchaba.
Nadie sabía a quién mirar primero:
si al féretro o a su propio reflejo;
cada cual componía su manejo
de duelo social, correcto y ligero.
Muy bajito decían que marchó en paz,
como si aquella paz fuera tan frágil
y pudiera romperse, torpe y ágil.
Mejor: en vida fue ave rapaz.
Mas el reloj insistía en avanzar,
aunque allí ninguno tuviera prisa,
pues en todo duelo hay cierta divisa:
indecoroso es el primero en marchar.
Tú llorabas porque él era tu tío;
y tu llanto resultó enternecedor.
Te ofrecí un pobre canapé salvador,
en un impulso muy torpe y tardío.
Entre coronas fúnebres y frío,
cruzamos miradas casi fatales,
disfrazadas de gestos informales,
que ocultaban mi leve desvarío.
Creo que fue amor a primera vista…
o tal vez fuera una simple miopía;
y nunca lo sabré con garantía,
mas mi corazón firmó la conquista.
Tus ojos eran luciérnagas tristes
atrapadas entre tantos cuidados.
Los míos eran faros apagados
en noches torpes llenas de despistes.
Para romper el silencio, imprudente,
te pregunté con un gesto ligero:
“Si muriera, ¿vendrías a mi entierro?”,
sabiendo lo absurdo del precedente.
Tú suspiraste con falsa gravedad:
“Sólo con una condición precisa”.
“¿Más canapés?”, pregunté con sonrisa.
“No, que haya croquetas en gran cantidad”.
Ahí lo supe, sin duda ni medida:
eras un amor digno de memoria.
Bailamos discretos, casi en euforia,
junto al ataúd, burlando la vida.
El sacerdote tosió y carraspeó;
tu abuela nos juzgó con su mirada;
mas, como el difunto no dijo nada,
ningún allegado nos interrumpió.
Robé a una corona flor marchita
y te la ofrecí con gesto sincero;
detalle fúnebre, leve y certero,
que tu sonrisa torcida acredita.
Me juré un amor eterno y profundo,
hasta que la muerte nos separara…
y antes de que su responso acabara,
descubrí que deliraba en mi mundo.
Tú me recordaste dónde estábamos
y descendí de mi nube obediente.
Se apagaron las luces lentamente;
tal como empezó, nos alejábamos.
Al final, todos volvieron a casa
con sensación correcta en el bolsillo,
tal y como quien se guarda un recibo ,
aguardando hasta la siguiente farsa.
Muy pronto, alguien ocupará su silla
La vida tiene indecente costumbre
de hacernos pasar por su servidumbre,
y todos pasaremos por capilla.
Las flores se marchitarán en orden;
por desgracia, mi memoria no tanto.
Y aun así duele, mas no pierde encanto,
aunque haya muerto sin flores que asombren.
Porque el amor es como aquel velorio:
si es compartido, alivia el desconsuelo,
pero si se ama solo, es desvelo
en un gran salón muy frío y mortuorio.

