El duende de las castañuelas

En la clara noche activa,
manos la luna gatean.
Las castañuelas despiertan
corazones de madera.

La cal de un coso cerrado
arde en luna sin consuelo.
Dos castañuelas en duelo
sangran ritmo desgarrado.

Se las coge como al agua
que en un dedo se retiene:
pulgar firme las sostiene,
los demás golpean fragua.

Se las ciñe el dedo helado,
como se ata una condena.
Pulgar manda, pulso ordena,
y el miedo queda encerrado.

Hembra negra, macho arado,
madera contra madera.
Cuando se buscan, la espera
huele a filo y a pecado.

Negra hembra, macho picado,
se rebuscan palmo a palmo,
y al besarse rezan salmo
de sonido repicado.

Clac, clac, clac, dice angustiado,
clac, responde el aire en guerra,
y el baile rompe la tierra
con un tacón incendiado.

Clac, dice el hueso quebrado,
clac, responde la otra herida,
y la sangre va vencida
por un compás condenado.

Repican contra la palma:
cuatro dedos las golpean,
cuando entre ellas se pelean
para acabar con la calma.

Siempre están emparejadas:
dos juntas en cada mano,
para golpeo inhumano
que dejará reflejadas.

Una mano contra la otra,
para saber quién suena más.
Amigas marcando el compás,
enfrentadas una sin la otra.

Baila el cuerpo, llora el suelo,
y los faralaes se alzan.
Los botines zapatean
luchando en sonoro duelo.

Baila el cuerpo, arrodillado
sobre un suelo que no olvida.
Cada giro es una vida
que se pierde en el tablado.

Tiemblan lunas en las manos,
que huyen entre dedos claros;
toques de guitarra avaros
en asamblea de ancianos.

Las manos, duendes alados,
cortan sombras con su pena.
La alegría es luna llena,
que cae muerta en tejados.

Y a su compás suenan palmas
y tacones en el suelo,
marcando el ritmo en su duelo,
con jarana de las almas.

Las caderas van diciendo
lo que se callan los labios,
y las manos, como agravios,
cortan el tiempo corriendo.

Las castañuelas hablando,
tacones taconeando,
faldas y borlas volando,
que dejan todo temblando.

Resuenan las castañuelas
como unos niños descalzos
que alegría hacen pedazos
al golpear las cazuelas.

Ríen secas, lado a lado,
como niños sin mañana.
Su sonido es la campana
de un entierro mal bailado.

Bailan cuerpos enfrentados,
tiembla el vino en los vasos,
y el tablado oye sus pasos
por los dos dedos aunados.

Cuando ya no rezan salmos
y el compás queda cansado,
los palillos han cesado
y el duende queda en ensalmos.

Cuando el eco se hace sombra,
pues paran las castañuelas,
cansadas se arrastran suelas
sin taconeo que asombra.

Y al final, roto el llamado,
cuando el eco ya no existe,
la castañuela, muy triste,
en pareja se ha callado.

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