Tempestad cosaca en la estepa

En la planicie no hay puertas,
ni la luna tiene cara.
La nieve guarda cuchillos
bajo su sábana blanca.
Todo huele a hierba vieja,
hasta en los palacios del zar,
y un repicar de campanas
quiebra la noche en su sonar.

La estepa tiene un caudillo
que escupe contra la luna.
Blanca y sin nombre se extiende
como una yegua desnuda.
El viento oye malas lenguas
llenas de improperios sin par,
y el relincho de yeguas
rompe el rítmico cabalgar.

Cosacos cabalgan juntos
atravesando la estepa;
cargarán contra cañones
si su razón no discrepa.
Dispararán y tronarán,
asediándolos con bombas,
mientras ellos galoparán
directos hacia sus tumbas.

Húsares a su derecha,
con ulanos a su izquierda,
y los cañones al frente,
con fusileros sin cuerda.
En la boca del infierno,
como fauces de la muerte,
pero su línea abrirán,
si el valor les trae suerte.

De momento, trote en fila
con la muerte por delante.
Rostro de luna torcida,
ardiente como un pez grande.
Su paso rompe la nieve
con un llanto sin garganta
y la estepa se estremece,
como esposa que amamanta.

Marchan seguros al trote,
erguidos sobre sus sillas,
en silencio, sin un roce.
Brillan sus cinchas y hebillas,
aún sin desenfundar sables.
Alguno agita su fusta
cuando unas manos sin nombre
despiertan látigo en justa.

Con crujido seco y largo,
la nieve rompe en los cascos.
Ojos azules de alcohol,
barbas negras en penachos,
que arrastran revuelta roja
atada al puño y sus machos.
Los belfos bufan, resoplan,
porque la muerte olfatean.

Los cosacos van trotando
con sables cual relámpagos.
Los caballos se encabritan,
pues pronto el trote aletean
y al galope se lanzarán.
Se desenfundan los sables,
como inicio del ataque,
con sus gritos implacables:

¡Eh, hermanos de la estepa!
¡Eh, hermanos del invierno!,
gritan gargantas de vodka,
gritan gargantas de fuego.
La llanura se estremece
como un icono blasfemo.
Los caballos huelen muerte
antes que el hombre y el trueno.

Cruzan raudos por la estepa,
galopando hacia la muerte;
sus cascos levantan nieve,
que el viento en briznas convierte.
Avanzan como tempestad,
que arrolla cuanto acontece;
frente a ellos les aguarda
fuego y sangre que apetecen.

Trotan contra baterías
en enmudecida calma,
hasta que el fuego desaten
para poder romper su alma,
y ellos tengan que galopar,
a través del humo y balas,
brillando sables desnudos
con hojas de ardientes brasas.

La locura se les sube
desde el talón a la boca,
pero avanzan desatados
por un terror que desboca.
Los caballos ya presienten
el relámpago del plomo,
pero galopan rabiosos
con los ojos hacia el fondo.

Desde una pobre arpillera
se prepara la tempestad,
con obuses y cañones
defendiendo a su majestad.
Cañones con vientres negros,
que respiran fuego y metal.
Cada tronar los empuja
en un retroceso letal.

Desde detrás de arpillera
la tempestad se levanta:
cañones con vientres rotos
vomitan hierro y metralla.
Y al escupir retroceden
por resbalar en el hielo,
mientras, con atentas manos,
los recargan con gran celo.

La nieve estalla en heridas.
No cae, se abre y desangra.
Un cosaco pierde el pecho
como quien pierde la rama.
Otro va sin su jinete.
Otro va sin ser caballo.
Y ruedan juntos los nombres
por la llanura del daño.

Explota la nieve en flores
negras, rojas, amarillas.
Un jinete pierde el nombre
cuando su caballo estalla.
Otro corre sin caballo
y hay caballos sin jinete,
pero siguen galopando
por la llanura celeste.

La estepa bebe su sangre
con avidez inhumana.
Barro, ceniza y memoria
se mezclan en la mañana.
Hay caballos que galopan
en la silla con un muerto
y sables sueltos que cortan
en su galopar incierto.

La estepa bebe despacio
sangre y carbón con estruendo.
Hay caballos que galopan
con la silla del recuerdo.
Sables solos atraviesan
el aire como condena,
mientras otros se encomiendan
a un Dios que los encadena.

La metralla cae y reza
su rosario interminable.
Las balas siegan las barbas,
orgullo, cruces y sable.
Caen yeguas de costado
con un grito casi humano,
con los ojos muy abiertos
mirando a Dios desde el llano.

La ametralladora ruge
su canción insoportable.
Cada bala busca un padre
o un cosaco responsable.
Caen pencos de rodillas
con relincho casi humano,
y la muerte se desnuda
bajo el cielo partisano.

Pero los cosacos siguen,
siguen, siguen en sus filas.
La locura es estandarte
que les arde en las pupilas.
La ventisca de la carga
va dejando sombras rotas,
como si la estepa blanca
pariera tumbas sin bocas.

Mas ellos avanzan, siguen.
La locura los gobierna.
El estruendo del galope
cruces siembra en tierra yerma.
La estepa cierra su historia
con párpados de ceniza,
mientras la carga se alarga
como una herida infinita.

Ya se ven fusiles quietos.
Ya se oye la respiración.
Hombres grises, hombres duros,
enclavados como un pendón.
Y el grito rompe la nieve:
¡Fuego ahora!, grita la razón.
Salen los sables de su alma,
como víboras cara al sol.

Lo fusileros, inquietos,
les apuntan en línea.
Hombres duros, barbas grises,
con ushanka en piel ígnea,
que les disparan sin parar
la muerte que los devora.
La arpillera es agua pobre,
que ellos saltan sin demora.

Sangre a sangre. Hueso a hierro.
Caballo contra rodilla.
Un cosaco besa el filo
de una bayoneta fría.
Disparos cortan la boca.
La estepa grita en los muertos.
La muerte baila descalza
sobre carne y juramentos.

Hierro contra carne viva,
sable contra la cuchilla.
Cae un cosaco aferrado
a bayoneta que chilla.
Disparos a bocajarro.
Rodillas, dientes, blasfemias.
La muerte baila cruel danza
entre alaridos e histerias.

Pero la noche se vuelve.
La estepa muerde los flancos.
Por un lado, los húsares,
con sus sables como zancos.
Por el otro, ulanos mudos
con lanzas de luna tiesa,
clavando el cielo en riñones
de caballería presa.

La estepa es muy codiciosa.
Por un flanco llega el viento
con húsares de sable alto
brillando como un adviento.
Por el otro, ulanos rudos
con lanzas de vara recta,
con su punta en los costados
de la rebeldía inquieta.

Los sables giran al aire
y sablean artilleros,
que se tambalean yertos,
buscando a sus compañeros.
¡Adelante mis cosacos,
que el ánimo no decaiga!
Los anima fuerte un hombre
que bayoneta desraiga.

Quedan los cosacos solos,
sin maniobrar y cercados
entre el fuego y el acero,
por delante y a los lados.
No existe huida ni camino.
La nieve encierra su celo.
La estepa apaga los ojos
para no ver su recelo.

No hay retirada posible.
No hay huida para la sangre.
La tempestad se desploma
cuando ya no queda nadie.
La heroicidad se derrumba
cuando ya ni quedan restos,
y la estepa se oscurece
con un silencio de rezos.

Cae la noche sin estrellas,
yacen los cuerpos y el metal.
Los vivos, rotos y pocos,
junto a una hoguera vital,
se agrupan buscando calor,
con tristeza de vencido,
mientras curan sus heridas
por tanto ardor perecido.

Soldados rusos vigilan,
los observan en la sombra,
con fusiles como cruces
y crueldad que a nadie asombra.
El fuego consume lento
la pobre leña en la hoguera,
que crepita en lo que dicen,
como magia de hechicera.

De pronto, una balalaika
llora madera y pasado,
que un cosaco muy gallardo
pulsa con dedo cansado;
la pulsa con dedos blancos,
amoratados de frío.
Su melodía es tristona
y transcurre como un río.

La canción sabe a estepa,
a vodka, a madre enterrada,
a gusto amargo, a ceniza,
a hogar y tierra cerrada,
cuando la corean lento,
como se canta a la nada,
y todos la oyen atentos
como una herida cantada.

Algunos bailan la zarda
con sombras en la cintura,
alumbrados por el fuego
como almas sin sepultura.
La derrota no los vence.
La noche no los apaga.
La estepa escucha en silencio,
y guarda su sangre amarga.

Aunque ganen los cañones,
montados sobre cureñas,
y les venza la tempestad,
con sus sables por más señas,
ninguno los podrá enterrar.
Y lo mande el zar o el azar,
en la nieve queda escrito
lo que nadie podrá borrar.

Hubo sables contra el trueno,
hubo caballos sin dueño,
y una revolución roja
galopando hacia el averno.
Quedan sables en la nieve,
queda su sangre en la estepa,
cadáveres en el suelo,
que en su derrota discrepa.

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