Hubo una vez, presidente sin igual,
guaperas (robaperas, por más señas),
que quiso parecerse al rey como tal,
tutelado por bufón de cigüeñas.
Peter Páncez mal llamado por todos
por ser tan “sabio” como Sancho Panza,
tenía ingeniosos apodos,
como Frankenstein y el monstruo que danza.
Su trono es el escabel de un bufón;
la ley, papel mojado en cada ocasión.
Un cambio de cara indica un colofón,
según sople la claque en la función.
Como carecía de una voz propia,
puso como mascota al gato Félix,
para dejar al reino en la inopia.
Y creó Matrix para no ser ave fénix.
Con un coro de claque sin bandera,
reunidos por el ansia de poder,
se venden por un cargo, o por cualquiera,
y negocian este reino al por menor.
El mandamás es experto en el disfraz,
promete pan y trafica con tierra;
víctima hoy, pero mañana Satanás,
cambiando la verdad por su quimera.
Reforma las leyes a su medida,
oprime rebelión sin ningún pudor,
convierte tribunales en querida
y al escándalo lo reviste de honor.
Dice ser transparente en bambalinas,
y sólo firma con su aliento en cristal.
Si miente, las disculpas son neblinas
y alega ser “error institucional”.
Su esposa bloguea en X e Instagram
con frases manidas dichas en café,
sonriente aplaude posada en su diván,
y dice: “yo también sufrí por mi fe”.
Cónyuge siempre fiel a su mentira,
justifica su ambición y su papel;
no sufre, ni se inquieta si conspira,
con una sonrisa como el oropel.
Mientras, la gritona insulta y vocifera,
como si el gañido fuera una razón;
se pavonea con rabia altanera
y gesticula en cada acto su pasión.
Esta fan es puro meme pulmonar:
berrea en cada acto hasta perder el control,
confunde los países con su bostezar,
y exige a la clac que aplauda por su rol.
Félix el gato, maestro de dar jabón,
justifica con sonrisas cada plan.
Y, si asesinan la verdad, pide perdón
a la muerta por morir en el desván.
Félix, mascota bien alimentada,
celebra ruinas con ardiente fervor,
disculpando cada ley alterada
con demagogia ilustrada y sin pudor.
Su claque en reuniones hace piruetas,
se insultan, perdonan y se remezclan,
abrazan por fuera y se clavan saetas,
aplaudiendo nuevas leyes que cuelan.
El pueblo llano ni aclama ni aplaude,
pero igual les pagan si no cae el telón,
porque entre tanto actorcillo del fraude,
no hay quien devuelva el dinero al Salón.
Se cambian las deudas por los favores;
se trocea el reino por unos aplausos,
bajo tutela llena de rigores
en falso bodorrio lleno de abusos.
Es circo de animales amaestrados,
que un domador con látigo y silla
conduce como seres atigrados
usando azote y engaño con silla.
Así se hunde el reino entre dos fuegos,
mientras danzan los mandamases de cartón
y el pueblo, sin comprensión ni sosiegos,
observa atónito tanta corrupción.
El reino o país de los Bobaliconius
banaliza la camorra engañosa.
Oye sin escuchar, como Miconius,
y así le va como nación ociosa.
Fábula bobalicona prestada.
Eran tan bobos, que en un atlas no están
su ubicación perdida y separada,
y acabó incluida en el reino de Tarzán.
*A quien interese: no confundan fábula impersonal con libelo o personaje real, aunque alguien pretenda buscar parecidos. En España hay un dicho: “Quien se pica…”
(Madrid a 1 de junio de 2025)

