Tiempos de censura

Gritar “Quiero ser” ya era un anatema
en la absurda era de Maricastaña.
Decir “No creo”, de muerte era la pena
por la necia Inquisición en España.

Pedirlo al pueblo afligido,
es crucifixión para ese pecado;
Hoy, mandas un meme mal entendido
y serás criticado y cancelado.

Antes, al tener semejante desliz,
en los tiempos de espadas y antorchas,
era condena en el tajo al infeliz,
para picota de cabezas pochas.

Sócrates ingirió y bebió veneno
por decir lo que pensaba en Atenas;
Gordiano Bruno, quemado en averno,
Galileo, arrastrado por cadenas.

Hoy, basta con opinar diferente
y en Facebook criticarán tus penas,
en Insta, te tildarán de disidente,
y en X cortarán hasta tus venas.

Si en la Edad Media pecado mortal
era cuestionar el dogma divino,
hoy criticar una “política ideal”
te cuesta tu trabajo y tu destino.

Antes, el cura, con ceño severo,
condenaba al fuego por desvarío;
ahora es un hater quien, sin un fichero,
te lincha en Internet con poderío.

“Prohibido opinar” fue popular lema
para evitar cadalso y guillotina;
ahora un hashtag y ya no tienes tema,
si le pulsan al like que a ti te arruina.

Antes, censura con látigo y reja;
hoy, con emojis y normas tan finas,
que ya ni el mejor sarcasmo despeja,
por miedo a ofender a tantas doctrinas.

El “Gran Hermano” ya no se disfraza,
politiza en vivo, opina y vigila,
con filtros, normas y oculta amenaza
si opinas mal o tu mente vacila.

Cada palabra debe tener guía,
revisión y sumisa validación,
no sea que ofendas, te cojan manía,
y llores por culpa de dar tu opinión.

Y proseguimos así, siglo a siglo,
cambiando látigos por actual wifi;
misma mordaza, diferente estilo,
con un like, que te diga bye bye friki.

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