Como flor que se deshoja,
arrancada del rosal,
estás marchita y rota,
mi virgen, en tu pedestal.
Muriendo en cada gota
que mana del lagrimal.
Son las voces que claman
en su desesperación;
son voces que claman
llanto y consternación,
si la virtud no alcanzan
ni del amor proporción.
Son espina clavada,
que duele y no duele,
más llorada que amada,
porque mata y no muere,
la madre recordada
cuyo recuerdo hiere.
Son palabras sentidas
de hijos que reniegan,
oraciones perdidas
y flores que se riegan
con lágrimas baldías
por odios que nos ciegan.
Recuerdos maternales
de hijos que no te olvidan
y que de ti reniegan
por prejuicios sociales.
Repulsa a una madre
cuyo amor nos aniña,
por no saber ser madre
que consuele y no riña.
¿Qué falla, virgen mía,
que me siento vacía
que me siento dolida
por no ser preferida?
¿Tan lejos estoy de ti
que no te siento cerca
aunque estés junto a mí,
gritándome a la puerta?
Perdona esta pena,
hecha angustiosa espera,
que de tu amor recela
hasta temer su entrega.
Enjuga este, mi llanto
de vergüenza sincera,
por no elevarte un canto.
¡Oh, madre verdadera!

