Levantaron un tótem, coronado
de fervor y misticismo; sin calor,
ardía en su vientre un mudo resplandor,
falsa luz que ilumina a lo sagrado.
Redentor de los mortales comunes,
del hambre, la miseria y deterioros,
el tótem no grita, te observa en foros;
no exige sangre, sólo comuniones.
Erguido está en el centro de la plaza;
ordena y manda sin necesitar voz;
obliga a las almas llenas de fervor
y, con cadenas, condena y emplaza.
Tiene una forma que nadie discurre,
pulida por mil manos obedientes,
barnizada con promesas sirvientes
y herencias que el miedo nunca discute.
Alrededor, los fieles andan rectos,
con la mente puesta en cielos ajenos,
asesinando nombres con venenos,
envidias, rencores y odios discretos.
Cada uno cree ver algo que sueña,
una vida diferente en el tótem,
con pecados y promesas que asombren
y plegarias dichas como una enseña.
Para cada uno, su fe es diferente:
un dios creador lo que no se nombra,
miran y rezan a la misma sombra,
creyendo en un distinto referente.
Buscan salvación en un dios severo,
sin imaginar que adoran al mismo,
que su idolatrado es un espejismo,
que solucionan orando primero.
Un dios de barro y sueño encadenado,
que es la ley, costumbre, miedo y protector;
su sombra les dicta ayunos y fervor
y absuelve al fiel que vive arrodillado.
Perdona pecados y su costumbre;
promete un cielo guardando su rito,
que dudar es un pecado maldito,
y que con creer se alcanza la cumbre.
Sus signos son espejo tolerante
donde el devoto encuentra su reflejo;
el odio es limpio, reza en el cortejo,
y el miedo se disfraza de estandarte.
Drama en cada oración automática;
romanticismo en cada entrega ciega;
una belleza triste, que reniega
vivir una vida programática.
Nos enseña a arrodillarnos sin suelo,
a señalar al otro como hereje
sin mancharse las manos que protege,
o llamar virtud tener desconsuelo.
En sus símbolos: madera y ceguera,
duerme un lenguaje religioso, antiguo;
tan flexible, que lo hace tan ambiguo
que en él cabe lo sublime y la hoguera.
El sectario no ve que es fanático:
sólo es custodio, vigía del orden,
amante de lo eterno sin desorden.
Su fe es como un cuchillo emblemático.
Cuando la noche ciega las letrinas,
el tótem respira y exhala encanto,
susurra sus dogmas de arrullo y canto,
que a la multitud iguala en las ruinas.
Lo adoran como se ama la agonía,
con una fe que sangra incienso y moral;
con besos dados a la piedra inmortal
en una acogida sin garantía.
Y si alguien osa apartar la mirada,
el mundo tiembla; los fieles critican;
los devotos, excitados, replican,
y su mirada se revuelve airada.
Cada creyente es vela funeraria,
llama oscilante en rito a oscuro altar,
resignación e hipocresía al andar,
y el tótem, amor, tumba y profecía.
Lo idolatran como a un padre ausente,
con culpa, devoción y sacrificio;
y a cambio de conseguir su artificio,
le entregan pensamientos mansamente.
Porque ese falso tótem no es sólo dios:
es costumbre, cultura, ley y reglas;
es vivir con apoyo entre tinieblas;
miedo a desaparecer sin un adiós.
Y ese tótem en pie se mantendrá
mientras haya quien prefiera su creer
antes que ver, analizar y aprender,
lo que durante la vida nos vendrá.
Sus vidas giran en torno a su espera:
marcada por la fe que no razona
y amor y trabajo que no perdonan
a quien viva fuera de su frontera.
El devoto no grita: crucifica,
vigila cualquier desvío doctrinal,
justificando al bien y al mal oficial.
Su fe no asesina, mas clasifica.
Quedan lirios en la hoguera que no arde,
romance en la obediencia voluntaria
al juicio de la norma necesaria,
y un drama bello en no llegar muy tarde.
Al caer la noche sobre los rostros,
el mundo duda, frágil y cansado,
y un orden inmortal, petrificado,
sueña con ejércitos de devotos.
Mas tiembla cuando alguien no se arrodilla
si vive sin pedir autorización;
sospecha de cualquier libre creación,
porque su fe teme nueva semilla.
Así perdura el tronco venerado.
No es dios, ni ley, ni mito solamente
rezándose a sí mismo eternamente;
es el temor humano organizado.

