Romance del pez cautivo

En aguas quietas y mudas
nada un pez de fuego vital,
con las escamas desnudas,
en su pecera de cristal.

En acuario transparente,
donde el mundo es artificial,
vive este pez complaciente,
su prisionero magistral.

Es pecera clara y fría
donde mostrar su resplandor,
pavoneando su alegría,
en un ademán previsor.

Brilla con sus mil colores
y luces de fuego lunar,
sin demostrar sus dolores
porque no puede abandonar.

Sus escamas son clamores
con los destellos de un candil,
y él pasea entre rumores,
como audaz príncipe infantil.

Con escamas de centella
busca en su mundo deslumbrar,
pero se siente doncella
en dura cárcel militar.

Hay más peces que lo imitan,
mas se quedó solo al nadar,
pues con su reflejo sueñan
con la libertad en el mar.

Nada solo en su barrera,
sintiendo su sombra pasar,
aunque aplaudan su bandera
y a todos los haga soñar.

Pavonea su hermosura,
pues nadie la puede igualar,
mientras otros, con lisura,
van en formación ejemplar.

Así que solo lo dejan
en su trono de tristeza;
cautiverio que cortejan
por tener delicadeza.

Falsos corales lo cercan,
baúl pirata, abierto y sin paz,
con algas falsas que albergan
tristeza juvenil tenaz.

De arena muerta se cubre;
arena falsa lo mece;
la arena quieta lo envuelve
y el suelo desaparece.

La roca negra se aplasta,
es piedra oscura sin pesar,
parece quieta y nefasta,
y en su quietud lo hará cesar.

Cada día, está pendiente,
observa hacia arriba, mudo,
si alguien llega diligente
a echar migas en su mundo.

Cada jornada suspira,
acecha hacia afuera al azar,
aguardando a lo que aspira,
sustento comprado en bazar.

Momento que aguarda ansioso,
pues es alimento fugaz,
dependiente y silencioso
de generosidad falaz.

Las dádivas, como alhajas,
caen del cielo al prisionero,
cuando lanzan las migajas
que tiran a un basurero.

Si un dedo golpea el muro,
su cristal tiembla y resuena;
él lo observa, inseguro,
en el agua que condena.

Con su cólera pequeña,
que es mezcla de rabia y de hiel,
se resigna y ya no sueña
con un mar que abrace su piel.

Contempla la red funesta
que a sus iguales llevará,
y presiente en su respuesta
que su turno le llegará.

Ve cómo extraen sin rencilla
los cadáveres dormidos,
y presiente en esa orilla
su final ya decidido.

Con la red sacan los cuerpos
de quienes ya no estarán más,
los recogen con sus cepos
y ya no los verá jamás.

Esta pecera es su celda,
la burbuja de su prisión,
y aunque nada, gira y vuela,
no conoce otra dirección.

Se rebela en su carrera,
se agita, salta, revienta.
Y, si la pasión lo altera,
su furia en él se aposenta,

porque siempre la pecera
lo devolverá a su prisión.
Un muro que lo encarcela,
para conseguir sumisión.

Paciente, nada en círculos,
choca, salta, quiere escapar;
no lo retienen vínculos,
mas tras el muro está su hogar.

Nada en círculo de sombra,
se agita sin poder lograr
que su cárcel sea alfombra
con la que salir y volar.

Ya no sueña con la espuma,
ni ansía su regreso al mar,
sólo hay pena que lo abruma
y aguardar su lento acabar.

Ya ni imagina un camino,
ni suspira por su suerte;
pensamiento clandestino
del cautivo hasta la muerte.

Siempre con los mismos giros
en su cárcel, sin consuelo,
ve a la gente con suspiros,
como un reo mira al suelo.

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