La lombriz

Nacida en la tierra del barro primero,
se desliza la humilde lombriz sin nombre.
Desconoce que tendrá un fin traicionero
en las avariciosas manos del hombre.

Bajo tierra húmeda vive sin directriz,
oculta en barrizal del suelo sombrío;
un chiquillo la busca, y escarba feliz
para arrancarla de su mundo sencillo.

Con su palito conseguirá sacarla;
él no sabe del tiempo, juega sin traición,
y ella no teme el abismo por buscarla,
pues salir del barro será su perdición.

Aún ignora que esa mano censurable
la condenará a un inmediato averno,
pues muy pronto conoce al hombre implacable,
que ávido la arranca del seno materno.

La guarda en un frasco con tapa de vidrio.
La encierra en un tarro, prisión miserable,
diminuto tesoro para el martirio,
y en su interior permanecerá culpable.

Habitáculo reflejo del infierno,
sin aire, sin barro, sin fuga posible.
Allí se retuerce con temblor eterno,
con sino marcado por huida imposible.

Al río la llevan con caña y anzuelo;
el hierro la hiere con curva traviesa,
la ensarta viva, sujetándola al vuelo
que a su cuerpo retuerce, lo encoge y tensa.

Siente un desgarrón que la hiere indefensa;
su carne se rasga, su entraña se agita
y en su dolor no grita con voz intensa,
sólo con su sangre la muerte suscita.

El hierro la cruza, su carne doblega,
su sangre manando no encuentra consuelo.
Después la sumergen, clavada en su entrega,
y el sedal la baja prendida al anzuelo.

Nota el frío que su frágil cuerpo anega;
lucha para no hundirse y caer en el suelo,
y el agua la acoge, sepulcro que niega
ser condena, tumba o su cárcel del cielo.

Allí permanece, sin voz, impaciente,
hundida en el río, colgada en la nada,
la muerte en su carne se vuelve presente,
y se ofrece en silencio como carnada.

Las aguas mecen su existencia atrapada;
un mártir sin nombre en cuerpo condenado,
símbolo frágil del ser que nada aguarda
y aún desconoce a lo que está sentenciado.

Permanece por anzuelo atravesada,
absorbiendo el agua como si fuera hiel.
Actuando como delincuente atrapada,
que siente luz bajo el agua, sobre su piel.

El río se agita y un pez la percibe,
la corteja amante sin decidir qué hacer.
Se acerca curioso, la husmea, la vive,
pero el anzuelo le hace desaparecer.

Otro pez se acerca y con sus fauces muerde;
un mordisco basta y la traga en su seno;
la engulle sin pausa, la carne se pierde,
y en ese banquete termina su sueño.

Sólo es su diario alimento; no es un crimen;
no entiende que, con su mordida certera,
repite la historia que todos redimen:
comer y morir es la ley verdadera.

El sedal se tensa, las aguas se alteran,
y en sombras profundas la presa se muerde,
para alimentar seres que proliferan,
y el ciclo se cierra en el río y su muerte.

Así, la lombriz cumple, sin un delito,
su entrega a la rueda que nunca perdona.
Así, la lombriz es pasto de apetito
y su frágil sino al instinto perdona.

Del fango a la muerte en un río infinito;
su historia borra en sangre que lo pregona:
“Quien vive en la espera como requisito,
ignora que el mundo a todos abandona”.

Así, la lombriz, cautiva y agredida,
nos deja en su muerte un oscuro reflejo:
la vida nunca es nuestra, está concedida,
y será un día carnada de aparejo.

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