La azotea del sueño

En mi azotea del sueño crecieron peces de humo;
nadando entre la luna y las estrellas mal colgadas,
aguardaban la llegada nocturna que presumo,
la noche con su quietud de alabastro en balaustradas.

Bajé de ella cuando el mundo ardía en sus sombras lentas,
cuando el miedo y temor tenían forma de estandarte
y el cielo se partía en ríos y fuentes sedientas,
que el mundo con negra oscuridad en ellas reparte.

Cruzaban el cielo gigantes mares sin orillas;
sus nombres retumbaban con el eco de tambores;
eran mis ensueños forjados en viejas cenizas,
que despiertan en mí con conmovedores temblores.

La noche, galante, se puso su sombrero de miel
y empezó a llover todo tipo de relojes blandos;
cada segundo uno distinto, pero en cadencia fiel,
como si su caída se hubiera convertido en cardos.

Al fin, la alada noche alzó su ejército de cuervos
y habló con una voz atronadora, llena de sal,
prometiendo resurrección y nacimientos nuevos,
como si tales promesas las leyera en un misal.

Pero, incluso allí, donde nace y muere toda aurora,
brotó una claridad minúscula, fiel y obstinada:
espada de fuego hecha de recuerdos y memoria,
con sus personajes de tragicomedia afilada.

En los tejados, los gatos hablaban con estrellas;
juraban y perjuraban haber visto al sol dormir
dentro de una taza de té, junto a unas galletas
abandonadas por dioses, para poder discutir.

Yo caminaba solo, con un bosque en los bolsillos.
Los árboles susurraban nombres que no recuerdo
y una puerta sin paredes, ni tampoco pasillos,
me invitaba a entrar dentro si firmaba un acuerdo.

Entonces desperté, y el mundo seguía soñando,
y comprendí que la realidad sólo es fantasía
que aprendió a fingir equilibrio entre las dos, pensando
que nadie vería el engaño ni su hipocresía.

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