Rueda una furtiva lágrima
por tu mejilla de alabastro
y cual perla de brillante cristal
que a mi compasión anima,
deja en tu mejilla el rastro
de la congoja final.
– ¿Por qué lloras y estás triste?
¿Por qué esas lágrimas sin razón?
– Son porque se murió el cisne
que despertaba mi admiración.
– ¿Y tan sólo por eso lloras,
y acongojas tu corazón?
– ¿Si te quitaran lo que adoras,
no te partirían el corazón?
Así me ocurre a mí con él.
Amaba su dulce navegar
y me amarga como la hiel
no volver a ver su grácil nadar.

