Viejo barco de óxido, solo y varado,
con la quilla llena de sal y de coral
y la panza de recuerdos con ronzal
duerme en dársena de poco calado.
Varado en puerto de aliento marinero,
repleto de redes y pez pasajero,
recuerda el viento fiel, la mar, el lucero,
cuando volvía repleto al varadero.
Sueña con mareas, luna vieja y fanal,
cuando volvía al alba, vivo y cargado;
risas dispuestas a inundar el mercado
y las redes repletas de pesca brutal.
Hoy es trampa oscura, pasto de alimañas;
su costado cruje en un sueño vencido
por pasarela de madero podrido,
que usan para llegar hasta sus entrañas.
En su panza, un hueco de sombras y engaños
para jugar al escondite o maltratos:
reino compartido, pero siempre a ratos,
que los niños recorren con sus apaños.
Mira llegar barcos de pulso viviente,
derramar su cosecha de espuma y carbón;
la lonja los reclama con voz de pregón,
y él queda atrás, anclado, solo y doliente.
Envidia el amarrar de otros todavía,
bajar con risas su plata palpitante,
que el capitán exige en voz apremiante.
Mas se queda solo, anclado en la agonía.
Se tienden las redes cansadas de pescar,
manos de mujeres cosen su reflejo;
los hombres van al vino, al trato, al bar viejo,
y el barco guarda el día sin poder zarpar.
Recogen las redes cosidas con amor
y el barco suspira con recuerdo añejo.
Ya no hay risas, sólo un vacío pellejo,
que el mar canta y mece como un simple rumor.

