La juventud es ímpetu primaveral,
río que corre desbordando la orilla,
que murmura sus sueños al cañaveral
sin pensar en la traicionera rastrilla.
Es llama viva con su fuego danzante;
crepitar de hoguera que quema vanidad,
donde el pasar del tiempo no es preocupante
y le echa un pulso a la vida sin calidad.
Aliento y corazón latiendo con prisa;
chisporroteo de irresponsabilidad;
pluma en el viento que gira con la brisa
sin asumir cualquier responsabilidad.
Corto suspiro que no teme al invierno;
días de olvido perdidos en un beso;
decisiones tomadas sin su gobierno;
amoríos que se derraman sin peso.
Promesas en labios y manos que tiemblan;
corazones latiendo al filo del tiempo;
planes de futuro que no se contemplan;
heroicidades hechas a destiempo.
Primer aliento en una danza sin freno;
chispa que enciende el fuego apagado;
risa que refresca el viento sereno
con paso firme en un mundo anegado.
Mirada que ve el cielo con esperanza,
sin temor, recuerdos, angustia ni dolor;
que prepara su futuro sin tardanza,
viviendo un eterno verano de color;
Siente al viento susurrar sus deseos;
risas como pétalos volando al cielo,
que lo inundan de estrellados recreos;
anhelos perdidos entre fuego y hielo.
Miradas que buscan conocerlo todo
y se inundan de ilusiones sin miedo;
manos que pintan futuros en el lodo,
pies que pisan senderos sin ver su enredo.
Con sus pasos ligeros saltan las piedras
y esquivan las penas que el camino pone;
escalan las enredaderas de hiedras
y danzan lo que cada día compone.
Pero cuando el reloj, con pasos silentes,
va trazando surcos en cada latido,
y la piel, tatuada de historias valientes,
avisa que su tiempo ha concluido,
Susurra recuerdos con voz de suspiro,
olvida anhelos y deseos vencidos,
somete su futuro en un cruel giro,
porque la eterna juventud se ha perdido.
Y viene la vejez como sustituto,
susurro que ya no danza en lo eterno,
que sólo recoge un eco insoluto
y entreteje sus memorias del infierno.
Es la raíz que ahora sostiene el árbol,
la pausa que mide la fuerza del viento,
la calma que abarca todo en un arrebol,
suspiro final al terminar un cuento.
Es árbol viejo para hacerlo leña,
de raíces profundas y corteza sabia,
con ramas quebradas que, al caer, despeña
y llora historias perdidas en su savia.
Es la deseada calma tras la tormenta;
susurro de olvidos en la brisa lenta;
mirada que observa el cielo, hambrienta;
sabia y serena en su cuenta lenta.
La vejez es como un río profundo,
que acaricia las orillas en silencio,
voz que susurra el recuerdo fecundo,
savia que nutre el suelo con desprecio.
Es sabiduría tierna en cada arruga,
serenidad innata en cada gesto,
caricia de mano que toca en su fuga,
alma que respira un cercano funesto.
Los dos no son opuestos, sino eslabones,
trazos de un pincel en un mismo lienzo,
unidos por el eco de sus razones,
agua convertida en océano eterno.
No son opuestos, sólo son su reflejo,
dos notas escritas en la misma canción,
una imagen reflejada en un espejo,
el verano e invierno de una vacación.
La juventud es el prólogo vibrante,
la vejez, el eco de caduca canción;
la juventud es un vagabundo errante,
la vejez es el oasis de su redención.
Juventud y vejez son las dos orillas
de un río que nos hace entrega de un sueño;
dos embarcaciones con las mismas quillas.
Una chispa, un suspiro, un ensueño.
¿Qué es esa unión sino río y tormenta,
memoria y latido, raíz y semilla,
aprendiz y experiencia que se lamenta,
alegría y recuerdo que nos humilla?
Es un eco que vibra y nunca se aquieta;
un puente entre tiempos que el alma cobija;
la fusión de un diapasón que se agrieta;
simbiosis de edades en una vasija.
No tema el anciano la calma de otoño,
ni quiebre el joven en su urgente prisa,
pues la vida, con su hálito gazmoño,
vive en ambos, y en ambos es sumisa.

