Un muchacho mira al cielo
y pronuncia su desvelo:
Alá es grande y aún sigo en pie,
aunque todo diga “¡No sé!”.
Padre mío, yo respiro,
aunque no haya ni un suspiro.
Yo me quedo, es mi destino,
por mi nombre, por mi sino.
Aguanto y me quedo, no huyo;
yo defiendo lo que arguyo.
Soy un hombre, no soy ciego,
tengo lágrimas y fuego.
Soy un grito, soy un hilo,
soy la sangre que no olvido.
Si me buscan, aquí estoy,
con mis huesos y mi hoy.
Si me buscan, aquí estoy,
con la sangre que yo doy,
con la tierra entre los dedos,
olvidando mis recuerdos.

