En jardín luminoso tres rosas florecían:
rosa, roja y gualda, epatando en duro clamor,
y al resto del parterre, despreciando con rigor,
sus tallos, orgullosos, al viento las erguían.
“Yo soy más deseada”, la roja proclamaba
la rosa, en tono suave, la acusaba de impudor;
la amarilla hería altiva con áspero rumor;
y el resto del vergel con sus agravios se alzaba.
La roja gritó: “He vencido. Yo soy la más bella”.
La rosa le dijo ufana: “Envidias mi hermosura”.
La de oro despreció: “Envidiáis mi donosura”.
Y, escuchándolas, el jardín ardía en querella.
Competían por reinar sobre cada mirada;
medían su perfume con un ferviente esplendor;
les negaban a otras flores derecho a su color;
y el césped fue testigo de esta guerra obstinada.
Llegó la dueña al alba; examinó su hermosura;
y al contemplar tanto fulgor vibrando en su confín,
pensó: “En un lindo búcaro lucirán para mí”;
y cortó las tres con pulso de amor y dulzura.
Cortó sus verdes tallos, sentencia silenciosa;
quitó espinas con mimo, para no hacerlas sufrir;
las puso junto a la ventana, bañada en zafir;
y dejó mal avenidas en agua amorosa.
Lucieron hermosas en aquel vaso de cristal;
brillaron algunos días en luz del ocaso;
juntas y luciendo distantes en un abrazo,
bajo el reflejo de un mismo sol, sencillo y vital.
Mas desde aquel instante, sin savia de su rosal,
la luz que las adoraba fue un lento resplandor;
los pétalos cedieron, arrugados, con temblor,
y el tiempo las sentenció: su podado fue mortal.
Ya cortadas, sin raíz, mal avenidas, callaron,
lloraron, mientras la savia decía: “ya morís”.
Decidme: ¿la más hermosa, si juntas murieron?
¿La más olorosa, si vuestra fragancia cubrís?
¿De qué sirvió su gala hermosa y tan codiciada
si despertó el deseo de poderlas arrancar
de su preciado parterre por verlas destacar
y al fin, juntas, su disputa quedaba igualada?
Ninguna fue la más bella. Un mismo sol las quiso,
y un mismo búcaro albergó hasta su último estertor,
hasta morir sin saber cuál tuvo mayor honor.
Y el jardín, sin rencores, lloró por compromiso.

