Sé que soy repulsiva, un adefesio.
Los hombres evitan mi compañía
con miradas de desdén y desprecio
que, llorosa, en el cristal, borraría.
Me miro y no encuentro más que silencio;
mi rostro es máscara que causa terror;
la gente al verme aparta el rostro necio,
y siento que la angustia me ahoga en rencor.
¿Por qué nací siendo fea y deforme?
Mi rostro es la máscara de un carnaval;
mi cuerpo parece babosa informe,
por su peso, embarrancada en un fangal.
Vuelvo a mirar con horror mi condena,
el vidrio cruel me escupe su reflejo,
la gente pasa y ríe, me envenena
sufriendo el peso inmundo de su espejo.
Sus ojos me atraviesan como espadas;
sus risas me persiguen por la calle,
se mofan sin piedad, me dan patadas,
y cada burla hace que me acanalle.
Miradas como cuchillos que hieren,
labios con flechas rotas sin aprecio.
A mis lágrimas sus risas profieren,
y mi alma sangra, hundida en su desprecio.
Aún creo que mi luz no está perdida,
que soy más que este cuerpo que no agrada,
más que esta gorda carne y rostro en caída,
o ser la estatua en la fiesta olvidada.
En bailes soy el mueble que no encaja,
la sombra en un rincón, lo innecesario;
nadie se acerca, soy una mortaja;
ni una sonrisa o gesto solidario.
Deseo ser, por un instante, bella,
bailar sin miedo, libre y sin desvelo,
que ningún hombre mancille mi estrella,
mi fe, ni mi tristeza, ni mi cielo.
Idealizo ser normal, reír sin miedo,
sentir que alguien me mira y no se asusta,
que un hombre me respete sin enredo,
sin convertir mi pena en carne injusta.
Porque los hay, lo sé, que se aprovechan,
que huelen mi tristeza, mi abandono,
y ofrecen su calor, mas sólo acechan
un cuerpo que violar, sin el corazón.
Son sólo hambrientos lobos disfrazados
que olfatean mi llanto y mi quebranto
y buscan en mi cuerpo, desolados,
placer sin alma, efímero y barato.
Sólo contemplan la belleza exterior;
se olvidan de sentimientos y pudor,
del amor y alma que habita en mi interior
como flor escondida entre su verdor.
Yo debo tener algo que ellos no ven,
no soy mi piel, mi cuerpo ni mi llaga,
pero el espejo me grita su desdén,
y el alma se me parte y se me apaga.
Entonces, pienso: ¿Vale esto la vida?
¿Vale este mundo falso este desprecio?
Y el acoso de una idea prohibida
me ronda como un beso sucio, necio.
¿Con mi muerte los haría despertar?
¿Si me muero, se sentirán culpables?
¿Comprenderán que me han hecho desertar;
que con su desprecio son responsables?
Sigo viva, con lágrimas de fuego
y unas manos que han olvidado rezar
porque, aunque el mundo entero siga ciego,
mi alma, aunque esté fea y rota, quiere amar.
Qué sola estoy, qué fría es mi guarida,
qué largo el eco triste de mi pena:
A veces, pienso en darme por vencida
y hundirme en paz, dormida bajo arena.
Mas sigo sin un rostro que me nombre,
sin voz que abrace el llanto de mi canto.
Yo tengo un corazón y, aunque os asombre,
es hermoso, humano y no un camposanto.

