Anoche, en pesadilla de anatema,
soñé que yo abandonaba este mundo
con tétricas figuras como tema,
venidas de un universo fecundo.
Sentí al abismo despertar invicto,
que el todo y la nada me envolvían,
y que me hundía tras su veredicto,
mientras mis cansados huesos crujían.
Era una pesadilla donde habita
la nada con su lengua disidente,
y yo le alcé una plegaria infinita
al eco de un silencio irreverente.
Al descender mi alma hacia la demencia,
revelación del vacío divino,
vi vastedad cósmica sin clemencia,
en equilibrio perfecto, sin tino.
Eterno peregrino del abismo
e inútil testigo del fin del cosmos,
desperté a la percepción de mí mismo
en horrible visión de lo que somos.
Descubrí la tragedia en mi interior,
el terror íntimo hacia lo universal
y el horror primordial de lo superior,
hasta un final de aniquilación total.
Escuché gemidos, que murmuraban
con visiones que se arrastran sin huella;
expectantes, sus ojos conjuraban
para decirme que nadie es estrella:
“Los astros caen, se pudren y, en su muerte,
brotan gusanos en nuestra memoria.
El vasto cosmos tiembla y se convierte
en cárcel ominosa y vana historia”.
En su mansión, entre polvo y locura,
las sombras rezan himnos sin testigos
y mi alma, al borde de otra noche oscura,
escuchó el paso alado de enemigos.
En la raíz de este soñar me aguardaba
la tiniebla que al mundo dio cordura;
su voz, que ni el eco mismo imitaba,
tenía un ciego tinte de locura.
Vi al piélago doblegar su angostura
en olas que hablan lenguas de agonía;
y un coro astral, en trágica impostura,
musitó que la muerte es armonía.
El mar surgió, sin forma ni latido,
cubriendo el mundo con lamento umbrío;
su espuma era el reflejo del olvido,
su sal, visión del universo frío.
La noche guardó llaves de otro reino
y, el viento, su evangelio de blasfemia,
susurrándome: “tú ya no eres sueño,
eres la ofensa que sangra la bohemia”.
Su forma era un vino negro que embriaga;
mi pulso latió en tumbas olvidadas;
y la luna, cual víscera que vaga,
se pudrió en las entrañas de la nada.
Caminé entre sepulcros y cipreses,
siguiendo el eco arcano de su nombre;
y la noche abrió su pupila en eses,
observando en mí el presagio de otro hombre.
Crucé un umbral de escudos y blasones;
la piel del mundo ardía en sus albores;
y oí el latir, bajo mis propios sones,
del corazón de un dios entre temblores.
Erré por ruinas donde el sol no existe,
por tierras que rezuman sangre y muerte,
donde el horizonte, en su esplendor, viste
de un polvo arcaico, lúcido e inerte.
Del seno del vacío surgió un canto,
un himno que desgarró las estrellas;
y todo ser, rendido al negro manto,
adoró al dios que ríe entre centellas.
Vi titanes degollarse entre fuegos,
vomitando universos por hastío;
y, en su desdén, sus últimos ruegos,
con cenizas al borde del vacío.
El aire era un cristal que se agrietaba,
y el tiempo, un órgano de carne rota;
la eternidad, dormida, se agitaba
como una bestia en súplica remota.
La luna era un cadáver que latía;
su luz olía a hueso y sacrilegio,
como luciérnaga muerta en la vía,
profeta de viento sin privilegio.
Allí la luna marca los destinos
con llantos que estremecen cual borrasca;
las ánimas ululan entre pinos
y el aire sabe a muerte y a hojarasca.
Bajé, cruzando abismos de alabastro,
a un templo que latía en su agonía;
allí aprendí que el alma no es un astro,
sino la llaga de una melodía.
Y allí dijo el viento: “No tienes casa,
ni vida, ni destino, ni plegaria;
sólo eres la sombra que, cuando pasa,
permanece triunfante y solitaria”.
Entonces vi al Eterno, que dormía
bajo montañas hechas de conciencia;
su sueño era la fuente de mi día,
su despertar, mi propia inexistencia.
El cosmos se rio. Como en un delirio,
sus soles se apagaron en un llanto
y el eterno Dios, en sangriento cirio,
selló su nombre en fuego y desencanto.
Un rostro sin piedad, sin fin, sin era,
con una mirada que funde estrellas
y aliento con fiebre de una quimera,
donde florecen muertes y querellas.
Caí, y mi sombra fue mi única guía;
mi carne un humo que se deshacía;
y el universo, en su melancolía,
cantó mi fin, como hace la sequía.
El caos habló: “Yo soy tu gen inicial,
tu vértigo, tu impulso y tu condena;
porque siempre seré el salmo sepulcral
de paz y fe que al cosmos encadena”.
Y comprendí que no hay un dios mundano,
ni infierno, ni oración que nos redima;
sólo el abismo, pálido y arcano,
que, si sueña, devora a quien oprima.
Descendí por peldaños de ceniza,
por galerías donde el tiempo muere;
y oí gemir la virtud, que se eriza
cuando un ocaso olvidado la hiere.
Entonces vi una puerta que oscilaba,
de blasfemia hecha, de carne y de llanto;
la abrí; detrás, la sombra me llamaba
y su eco cantaba mi desencanto.
En torno a mí danzaban los emblemas
de razas que dormían en la arcilla;
sus rezos eran pútridas diademas,
sus ojos, dos abismos sin semilla.
Pregunté al aire: “¿Quién me ha condenado?”
Y el viento respondió: “Tú mismo, loco.
Tu sed de eternidad te ha devorado,
tendrás que apurar del olvido un poco”.
Allí moraba el dios de los gusanos,
el que soñó los mundos con su fiebre,
alzó su faz con ojos inhumanos,
y su aliento de hielo y miserere.
Invoqué al ser sin nombre, el ser eterno,
y, al salir de su sueño, en un alarde,
extinguió todo fuego, enfrió el infierno
y, al tiempo, lo dobló con un alarde.
Y desperté al dios que duerme en los vientos,
el que soñó los sueños de los hombres;
en su mirar, se quiebran los cimientos
de todos lo que tienen voz o nombres.
Su voz sonó: “Yo soy lo que persiste,
que quiebra los cielos y tu conciencia.
En mi soñar germinó cuanto existe,
y ahora rompes mi paz con tu demencia”.
Caí de rodillas, roto en mi delirio,
y vi girar estrellas como espadas;
el cosmos, como la llama de un cirio,
temblaba en notas negras y cerradas.
Mi voz ya no era voz: “soy la tormenta,
la ruina que se canta y que no cesa,
y, mientras todo cae y se lamenta,
mi alma le reza al dios que nos procesa”.
Ya no hay arriba, abajo, ni frontera;
mi carne es niebla y mi memoria es humo;
mi alma navega en vasta calavera
y en mares de silencio que yo asumo.
Vi, en el agua, un rostro que no era mío;
su mirar venía desde el abismo;
sus labios susurraron “ya estás frío,
tu carne es sueño y yo, tu cataclismo”.
Es rostro sin pupilas ni ternura,
que en mis espejos siempre se adelanta;
su beso es como una ceniza oscura;
su amor, la eternidad que me quebranta.
Cantó la casa un canto de serpientes;
ardieron cruces hechas de caliza;
y, al fin, supe, entre delirios silentes,
que Dios también despierta y agoniza.
Así concluye el rito: el fin respira.
La luz se quema, el cosmos se suicida.
Y queda sólo el soplo que conspira,
la risa del abismo ya encendida.
Que todo acabe. Que la luz se extinga.
Que el sueño de la carne se disuelva.
y que, al fin, el mismo abismo restrinja
al que soñó la llama y la resuelva.
Aquí termina el canto: todo muere.
El tiempo implora y el cosmos disputa.
La nada ríe y en su faz se adhiere
la eternidad, hermosa y absoluta.

