El recuerdo (I)

Cuando su desnuda cabeza
repose sobre mi blando pecho
y la última oración se reza
poniendo al sufrimiento techo,
yo le cerraré sus ojos tierna,
acariciando el blanco cabello
y, en la penumbra sempiterna,
dejaré su amor en mi recuerdo.

Y morirá la hora postrimera,
quedando su agonía insepulta
de memoria imperecedera,
en rincón del corazón oculta,
para que nadie turbe mi dolor
cuando con mi soledad me dejen
y el llanto quite a mis ojos color
al ver que, poco a poco, se mueren.

Y, cuando con el pelo entrecano,
lleno por guedejas de albura,
tu recuerdo se haga más humano,
entonces, te daré sepultura
porque ya no me hará tanto daño
el transcurrir en la ausencia tuya,
ni escucharé, en mi loco engaño,
esa, tu voz, que ya no me arrulla.

Y moriré con ese encanto
de unirnos y volver a ser tuya,
cuando florezca el nuevo acanto
y me entierren en tu sepultura,
porque no habrá recuerdo insano
ni soledad estremecedora
cuando te toque con mi mano,
ungida por muerte redentora.

Y volverá la hora primera,
cuando reunidos estemos,
renaciendo en la primavera
que, por amarnos, nos merecemos,
siendo de la flor su hermosura
que, a través de los tiempos perdura,
si en nuestro amor nos mantenemos
porque, al morir, renaceremos.

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