Deshojando una flor, por el campo paseaba;
pétalo a pétalo, indagando susurraba;
y en su agonía, con silencio me abrumaba,
pues la respuesta entre sus pétalos no estaba.
Quedó en mis manos sólo su tallo marchito,
eco de mi sueño que el tiempo hizo infinito;
y, aunque el alma gima y llore lo que nunca fue,
guarda entre las sombras el perfume de su fe.
Mas el curioso aire mi duda acariciaba
y, entre aromas y trinos, mi mente alegraba.
Comprendí que el amor ni se exige ni implora,
que llega cuando quiere y parte cuando aflora.
Sensación que, sin buscarla, en uno se clava,
pues nace sin permiso y al alma hace esclava.
Explosión de alegría, fervor y tristeza,
en una revolución que le da grandeza.
Te busqué en el río, en la luna y su reflejo,
en la voz del alba, en el volar del vencejo,
mas tan sólo encontré un suspiro muy cansado,
que llevando tu nombre se había extraviado.
Ahora, al soplar la brisa, tu ausencia me llama
y el sol se oculta cuando pienso en nuestro drama;
la flor se marchita, mas mi amor no te olvida,
eres mi querer, dolor y herida más viva.
Y yo sigo errante con mi flor sin aliento,
sin conocer cuál es mi castigo en el tiempo;
pues si amar fue un pecado, bendita condena,
porque, aún en el dolor, tu recuerdo me llena.

