El público, en orden, busca su asiento;
las sillas rodean la pasarela;
algunos se saludan un momento,
son los diseñadores de la escuela.
Pronto harán su aparición los diseños;
bajo observación de los invitados,
lucirán las galas de mil ensueños,
con tacón y vestidos escotados.
Las modelos, como diosas vestales,
aguardan el momento de mostrarse,,
con pasos enérgicos y vitales,
debiendo de su público olvidarse.
Ahora serán diosas y no modelos;
pasearán la moda con sus vestidos;
mil ojos estarán fijos en ellos,
si los muestran en sus cuerpos ceñidos.
Entre bastidores vibra el tumulto;
bajo las luces, la tela suspira;
un retoque final, un toque oculto,
una aguja enhebra, el reloj conspira.
En el tocador, el aire es espeso,
la seda inspira, murmura el espejo;
una sombra de polvo, un beso ileso,
y el desfile será un fulgor añejo.
Se observan con rivalidad callada,
sus celos son como miel en colmena;
una ríe altiva, la otra asustada,
allí, la enemistad las envenena.
Las envidias perfuman el ambiente;
mantener una amistad es un lujo
cuando se ha de pelear por un cliente,
porque el demonio se viste de brujo.
Las diosas critican cada decisión,
se odian con sonrisas de porcelana;
una sueña en silencio con redención,
y otra teme hasta su sombra liviana.
Las dietas matan y las normas ahorcan.
Ahora, sus sueños pesan más que el cuerpo;
con rencillas que al despido convocan
y figura en un espejo mastuerzo.
¡Qué caro se paga el brillo en los ojos,
qué hambre tan muda, qué piel tan ajena.
Ser musa duele, y en breves antojos
se disfraza el alma y oculta la pena.
El diseñador, genial voz de trueno,
levita entre cuerpos como un profeta;
sus dedos dictan con juicio terreno,
y en la censura su mente concreta:
“¡Rápido! ¡Cosed! Que el mundo no espera,
ni el fallo indulta, ni tiempo concede!”.
La tela obedece, su forma altera,
y su arte castiga, pero no agrede.
Las modistas, atentas, se apresuran;
con alfileres prendidos en boca,
aguja e hilo en la mano, aseguran
largo, dobladillo, corpiño y toca.
El modisto reina, genio y tirano,
mirada de artista con voz que ordena;
“¡Ese pliegue no cae como su hermano,
ajústalo para salir a escena!”.
Un alfiler ensarta el aire en vilo,
una falda se acorta, otra se ensancha;
la prisa es un cuchillo, el tiempo es hilo,
y el pulso emocionado cose y plancha.
Una aguja pincha, la otra consuela,
y su hilo cose suspiros del alma.
La prisa camina por cada tela
y el tiempo desangra su falsa calma.
De pronto, la música truena y vibra,
los focos deslumbran con su luz crucial;
durante el desfile, el mundo equilibra
su amor y aprecio por lo superficial.
“¡A pasarela!”, la música empieza,
un compás musical vibra en la pista;
salen las diosas con fría belleza,
rostros de mármol, mirar de revista.
“Camina, belleza, que el suelo arde,
mira sin mirar, respira despacio.
La gente aplaude el vestido de alarde,
si el flash lo ilumina como epitafio”.
Destellos de luz, murmullos de encanto,
todos los ojos clavados en ellas;
cada paso, un poema, un leve quebranto,
y cada giro, un latido en las huellas.
Una tropieza, la suerte vacila,
el tacón traiciona, el alma se rompe;
pero alza su cuello, su faz vigila
con gesto altivo de orgullo y de bronce.
Otra da un traspiés, ¡pero sigue airosa!;
con su sonrisa disfraza el tropiezo;
nadie nota la herida, sigue hermosa,
y el público aplaude ante su embeleso.
Tiembla, aunque su garbo no la delata.
Su corazón late bajo el encaje,
pero ella lo oculta siendo sensata,
como diosa que sostiene su ultraje.
Tras bambalinas se cambia el vestido,
dos manos que ayudan, tres que se estorban;
sudor y perfume en sueño curtido,
y las modelos su belleza exportan.
Vuelven al caos de vestirse y correr;
miradas que se cruzan, la envidia arde;
una ayuda, otra empuja, otra ha de saber
si el fracaso ajeno será un alarde.
El diseñador observa; pendiente,
mide aplausos, saborea el instante;
ve una sonrisa, quizá complaciente,
para su reino efímero y brillante.
El creador, feliz, los brazos levanta,
Su creación respira, el público estalla;
en su mirada una lágrima canta,
pues su reino acaba si el salón calla.
Cuando todo termina, aún suenan los pasos,
destellos del flash, en largo goteo;
y en cada diosa que muestra sus brazos,
un resplandor y le nace otro empleo.
En tinieblas queda la pasarela;
con un triste eco de tacón rendido:
la moda es sueño que muere y modela;
su belleza es pacto con lo perdido.

