La comunidad

Esta es la historia de una comunidad de vecinos,
una de tantas de las existentes en el mundo;
inmundas exigencias en manicomio infecundo,
en donde se cruzan y entrecruzan muchos destinos.

En sus rellanos se cruzan vidas con paso leve:
la compra, el beso robado y prisa que el turno afana,
con mirilla entreabierta, que cela cual ventana
y aprende el eco de los nombres de paso al inmueble.

“Yo pago comunidad con puntualidad sagrada,
pues el orden es cimiento de la civilización”,
protesta el del principal con religiosa convicción,
aunque debe recibos y oculta la deuda inflada.

“¡La derrama es un atraco! —clama uno en la escalera—,
la bajante sólo pierde desde hace diez inviernos”.
Y otro replica: “los sótanos parecen infiernos:
el moho hace asamblea y la humedad es bandera”.

Sube una abuela despacio, con nietos en bandada,
que alborotan vecinos, ensayan revoluciones,
y padres que rigen con silencios, obligaciones,
sonrisas de foto fija y su paciencia alquilada.

“Mis hijos no hacen ruido, practican libre armonía”,
susurra el del cuarto A con hipócrita propaganda.
Retumba su casa, como tropa que se desmanda,
y su techo aprende a temblar con marcial agonía.

Los jóvenes bajan tarde, aroman la madrugada
con risas y promesas de gloria en bares inciertos,
y el quinto, al escuchar sus pasos, los cree conciertos
que a su memoria traen otra piel ya clausurada.

“Los jóvenes son vicio —sentencia voz jubilada—,
regresan oliendo a noche y música delincuente”.
Y el del ático se ríe: “usted fue más imprudente,
pues guarda en la memoria su revolución frustrada”.

Se agrupa el primero con tertulia siempre encendida,
crítica en voz de miel y sentencia de guillotina,
mientras el del bajo, con su fe casi clandestina,
lo ataca como reino con frontera compartida.

Hay quien jamás saluda, se encierra como una herida,
pasa y pasa sin rostro, fantasma de portería,
declina la palabra, rehúye cualquier cortesía
y clausura su universo con doble vuelta y huida.

“Cada cual a lo suyo”, murmura el del entresuelo,
reloj de sonería, saludo siempre abolido,
que entra y sale sin rostro, disciplinado y erguido,
como si el mundo exterior le clavara un desconsuelo.

Caseros que presumen de escritura rubricada,
inquilinos que calculan la fianza y su mudanza,
realquilados que alquilan su cama y su esperanza
y el okupa que proclama su épica improvisada.

“Propietario es quien decide”, proclama el del segundo,
alzando su escritura cual si fuera testamento.
Y el realquilado responde: “pago por el fragmento
de un cuarto sin luz ni armario, pero habito este mundo”.

“Okupa es quien resiste —recita voz insurgente—,
pues el banco abandonó la casa por avaricia”.
Y el banco, que nunca asiste, ejecuta con pericia,
mientras el barrio debate su ética nuevamente.

“La escalera está sucia —acusa el del sexto indignado—,
yo sólo friego mi tramo, no el barro de los demás”.
Y el polvo, fiel demócrata, se posa siempre, además,
sobre el mármol que presume de brillo administrado.

Si el mármol luce brillante por mano limpiadora,
se celebrará el prodigio con tibia diplomacia,
pero al primer papel suelto surge la suspicacia,
como hiedra que en un muro prospera acusadora.

La junta convoca su asamblea reglamentada;
la escalera es parlamento de furia repartida;
la derrama es anatema que incendia su guarida;
y las cuentas se vuelven tragedia presupuestada.

Que si urge la cornisa o la bajante ya agoniza;
que el ascensor suspira con metálica dolencia…
mas nadie quiere abonar la prudente diligencia
y la luz fundida reina como oscura cicatriz.

“Se abre la sesión —proclama el presidente cuitado,
con libro de saldo y gesto de prócer investido—,
ruego orden y compostura en el debate debido”.
Y el quórum le responde con murmullo desatado.

“Primer punto: la fachada —lee en tono aplicado—.
Se nos cae a trozos nobles con vocación de ruina”.
“¡Que nos la pague el seguro!”, masculla voz vecina.
Y el seguro, ausente y mítico, ya ha sido invocado.

“No dramatice, señora —le pide un propietario—,
mi balcón está perfecto, su grieta es cosa menor”.
“Su raja es como su ética —replica el del interior—:
empieza sigilosa y acaba en confesionario”.

“La derrama es innegable —sentencia tono legal—.
Serán treinta cuotas con un importe moderado”.
“¡Moderado es mi paro! —protesta el desempleado—
Que ese recibo es guillotina con barniz vecinal”.

“¿Y los ruidos del ático? —insiste el sexto severo—.
Perturban mi sagrada siesta y mi tensión arterial”.
“Su siesta es bien común —ironiza un joven muy genial—,
pero su tele suena como grito verdulero”.

“El ascensor agoniza —dictamina uno hastiado—,
haremos penitencia si no cambian la polea”.
“Que suban por salud”, aconseja voz europea;
y la abuela del cuarto bendice el suelo fregado.

“¡Hay pisos realquilados! —denuncia el del principal—,
que estropean el mármol con humillante camino”.
“Estropean tu soberbia —responde otro inquilino—,
que el mármol no es abolengo ni el padrón es catedral”.

“¿Y el okupa del tercero? —preguntan in crescendo—.
¿Pagará lo que le toca o citará una utopía?”
“Pagaré si pagan los bancos, vieja hipocresía”,
dice el okupa, cicatero, a la ética aludiendo.

“Se vota —ordena el jefe con temblor protocolario—.
Manos alzadas, sin trampas, y que conste en acta fiel”.
Pero cuentan como quieren, con aritmética cruel,
y el acta nace ya coja, aunque luzca formulario.

“Cambiad esa bombilla —implora una voz temblorosa—,
que subir a oscuras huele a novela policíaca”.
La junta calcula, con prudencia burocrática,
que es gasto innecesario en economía piadosa.

“Proponemos comisión —florece un voluntariado—
que estudie la luz en la escalera y timbre en el portal”.
La comisión se disuelve por conflicto personal,
pues nadie quiere estudiar lo que debe ser pagado.

La sala huele a colonia, a café y resentimiento;
cada frase es bisturí con funda de cortesía;
se ensaya democracia con pulso de tiranía
y el quórum es un misterio de alquimia y reglamento.

“Las visitas me incomodan —protesta el del primero—.
Sus besos y maletas congestionan la escalera”.
Y otra, cruel, le replica: “su perro ladra a cualquiera
y a su suegra ha instalado por tiempo muy duradero”.

Se cruzan los reproches con cortesía sufrida,
sonríen mostrando esmalte y afilan dentadura,
y el rellano es quirófano de hipócrita impostura,
donde cada cual disecciona ajena biografía.

“Se levanta la sesión”, proclama el líder cansado,
con papel ya sin prestigio ni fe en la arquitectura;
y el rellano, satisfecho, en tragicomedia oscura,
aplaude la luz muerta en su destino administrado.

Y así, en teatro grotesco de una mirilla entornada,
la finca ensaya su farsa de amable convivencia,
mientras late en cada piso la típica violencia
de especie que se nombra civilizada y cercada.

Los niños juegan a guerras que son algarabía;
los adultos libran batallas administrativas;
y los ancianos cuentan nostalgias competitivas
con la épica de un pasado que nadie compraría.

Vienen visitas de primos, novios y de cuñada,
con besos de aeropuerto y maletas rumorosas,
que el rellano metaboliza en crónicas jugosas,
que nutren la semana con charla condimentada.

Y el edificio entero, república escalonada,
finge ser comunidad con barniz de convivencia,
pero late en cada puerta la vieja indiferencia
de una humanidad vecina, cordial y acuchillada.

(EPÍLOGO: VOZ DEL EDIFICIO)

“Soy ladrillo paciente, con cemento sostenido;
arteria vertical, donde vivís vuestra comedia;
casa que aprende pronto la doctrina de la media:
verdad que cada vecino proclama en son manido.

He escuchado promesas barnizadas de cinismo
con pactos, sonrisas y un puñal administrativo;
la ética que se alquila con contrato transitorio
y orgullo propietario vestido de catecismo.

Hay niños que conquistan el peldaño como un reino,
ancianos que descienden como quien baja al pasado,
un joven que vuelve ebrio de futuro improvisado
y el adulto que finge no temer ningún desvelo.

Conozco al fantasma que entra y sale sin un saludo,
la puerta que se blinda contra el prójimo inmediato,
el saludo que se niega por sistema y contrato,
mientras el miedo se instala cual huésped testarudo.

Me cubrís con vuestras juntas, con actas y sellado,
derramas que desgarran más que el yeso desprendido,
y discutís la bombilla con fervor desmedido,
mientras su sombra os retrata en claroscuro afilado.

Yo he visto al propietario citar leyes como escudo,
al inquilino el alquiler con liturgia discreta,
al realquilado plegar su esperanza en maleta
y al okupa sostener su razón como un embudo.

No sois monstruos singulares ni héroes de epopeya;
sois apenas humanidad con buzón y mirilla;
un coro desgarrado por una simple bombilla,
que se absuelve cada noche con sábana plebeya.

Y aunque fingís convivencia en barniz y protocolo,
sé que en cada rellano late el miedo al estatuto,
mas también una brasa que resiste en atributo
de estúpida especie que se aísla, aunque nunca esté sola.

Porque cuando el ascensor calla, la noche se aquieta
y el último son cesa su dictado en la escalera,
os oigo respirar juntos, cual frágil tribu hortera,
como si amar al vecino fuera empresa secreta.

Soy la casa que os contiene con paciencia mineral,
la memoria que ni vota, ni calcula o condena.
Si podéis ser vecinos sin máscara y escena,
quizá mi vieja escalera sea un templo horizontal”.

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