Donde la luz no alcanza a iluminar,
donde la luz no alcanza a embellecer,
se esconden sombras que debo eliminar
y la oscuridad que debo esclarecer.
Donde la luz no genera inspiración,
ni alcanza para iluminar mi mente,
sólo queda el vacío y la humillación,
para que escuchéis sin estar presente.
Os voy a llorar mis quejas del alma,
abusando de mi frustrada viudez.
Me haré preguntas sin respuesta, en calma,
sometido a métrica y su rigidez.
Hablaré de mi sentir y desazón;
mostraré lo que significa el dolor
desde lo más profundo del corazón,
para conmover si lo hago con valor:
¿Qué debo hacer para aceptar su muerte?
No sé si está lejos o dentro de mí.
¿Qué precio doy a su alma en esta suerte:
el llanto de la carne que aún no asumí?
Nadie me habló de cómo se cuestiona
a quien muere dejando tu alma en ruinas.
Su voz aún me nombra y no me abandona,
como el sol que se esconde entre cortinas.
Cómo haré para perderme en sus ojos,
con los platos servidos en la ausencia.
Qué haré si sólo recuerdo despojos
en un cuerpo que añora su presencia.
En la penumbra gris de mi desvelo,
su recuerdo es espina que no cede.
Gime al aire quebrado desconsuelo
que al alma irrita, desangra y agrede.
Tú que fuiste hogar, refugio maternal,
ahora eres eco en pozo que maldigo.
Se apaga tu recuerdo en una espiral,
como el niño que muere sin su amigo.
Sólo tu imagen duerme sobre el colchón,
sin perfume, con polvo entre los pliegues.
No volverás porque no hay resurrección,
ni hay Dios que me salve cuando le ruegues.
Qué inútil fue tener fe en una ilusión,
si al final nadie escuchaba mis ruegos.
Te busco en sombras que palpo con pasión,
pero tu imagen se pudre en mis fuegos.
Mi lecho está vacío y el reloj gira.
Te sueño a mi lado cada mañana
y sólo oigo que el silencio delira,
escarbando cruel en mi mente insana.
Te hablo, pero eres una densa niebla;
me asomo al pozo sin fondo que habitas
y es como un vaso vacío que tiembla,
difumina todo en frugales citas.
La gente consuela, pero no entienden
que no hay verbo ni lumbre, sólo sombras.
Soy eco de latidos que no atienden
y sensaciones que en la mente nombras.
Soy esposo, padre y madre de nada.
Los recuerdos son mi yugo y mi lecho,
hasta alcanzar esa paz añorada
y mi mente acepte lo que es un hecho.
Te fuiste un martes, o quizás era un jueves.
Mi calendario sangra sin consuelo.
Las manos que acariciaba son nieves
y tiemblan cuando rozan tu pañuelo.
Nuestras fotos, los cuadros, los umbrales,
todo en la casa llora tu partida.
Se oxidan abrazos ceremoniales
y cada esquina recuerda aún tu vida.
Si hay Dios, que no pida que lo entienda
y el Cielo que lo cierre con cadenas.
El tiempo es una herida que no enmienda
y el amor, un cadáver en mis venas.
Perdonad este loco desvarío.
Pretendía haceros llorar mi pena,
pero me he perdido en el desafío
hablando de mi dolor en escena.
Quise alcanzar el llanto de vuestra alma,
tocaros vuestra fibra sentimental,
que recordarais los versos con calma,
y mi fracaso ha sido monumental.
No puedo escribir semejante poema;
soy un pobre escritor que no hace llorar
y, si para conseguirlo, blasfema,
es que no sabe cómo lo ha de mostrar.

