críticscrNació humilde, pero entre canciones;
con flores, risas, cuentos en la brisa.
Hoy sólo quedan ruinas y rincones,
donde la muerte muestra su sonrisa.
Jugaba con sus muñecas de trapo;
corría alegre entre sendas de flores;
su risa clara sonaba en el patio,
como musical de sueños y amores.
Pero una noche, el cielo se desgarró,
cayó una bomba, rugió la metralla;
su madre muerta, su padre no volvió,
y entre sus cenizas quedó maltrecha.
Con paso frágil, cruzó la alborada;
la niña temblaba en rincón de sombra,
pues cada trueno, cada luz sembrada,
derriba el mundo que en escombros nombra.
Su escuela yace rota, sin ventana,
su voz no encuentra maestro que la guíe;
en sus cuadernos llueve la mañana,
mas son cenizas que el viento persigue.
Un trueno ardiente, vendaval de fuego,
rompió su casa y sepultó a la madre;
su padre huyó, oculto tras un labriego,
y nunca volvió su sombra culpable.
Entre los escombros perdió la pierna,
su llanto ardía como hierro al rojo;
quedó marcada, mutilada y tierna,
mitad niña y otra mitad despojo.
La pobre sufrió aquel bombardeo;
entre gritos perdió casi una pierna
y su cuerpo ganó como trofeo:
cicatriz roja, que el horror gobierna.
Aprendió pronto a andar con la muleta,
a resistir la fiebre y el espanto;
su gemir, aunque crece, a nadie inquieta,
y cada noche se deshace en llanto.
Hedor de cuerpos junto a la penumbra,
violencia que quiebra cuanto la toca,
el miedo arranca infancia y la derrumba,
y el juego es llaga que en su risa brota.
Triste pregunta: ¿qué razón convoca
la sangre, el plomo, el fuego, y la locura?
Aún sueña el corro, una canción remota,
mientras su llanto al corazón tortura.
Un insomnio cruel la cerca y devora,
mil pesadillas la desgarran viva;
y aunque la noche nunca se demora,
la paz no llega, ni el amor arriba.
Pronto se convertirá en refugiada.
Irá a parar a un campamento inmundo,
sola, con estigma de repudiada
y sin poder valerse en este mundo.
El campo erige tiendas miserables,
donde la sed calcina hasta la boca;
arroyos turbios corren, innavegables,
y en barro impuro la miseria ahoga.
La tienda pobre fue su nueva casa,
un campo lleno de miedo y miseria,
con charcos que huelen a orín y grasa,
y agua infecta de cárcel y materia.
El campo erige chozas en márgenes,
tiendas de lona, hedor y suciedad.
Allí juegan, entre los cadáveres,
mientras la muerte se luce de verdad.
Los hombres gritan, matan, violan, hieren;
las sombras llevan látigos de acero;
los niños callan, tiemblan y no entienden
por qué la vida arde con tanto fuego.
Los niños juegan con piedras y barro,
riendo, a ratos, entre muertos y miedo;
pero en sus ojos se nota el desgarro,
la infancia rota llorando en silencio.
Ella veía cada cuerpo apilado,
violaciones, torturas, y dolores;
y cada grito quedaba grabado ,
como un espejo de horrores mayores.
Soñando con su escuela y su cuaderno,
con sus clases, sus lápices y libros;
con maestros dulces, sin voces de averno,
y un futuro sin hacer equilibrios.
Que no sea como un páramo desierto,
con un futuro que nunca consiguió.
la escuela ardía en su recuerdo incierto,
pero en su memoria la guerra venció.
Ahora, sólo sobrevive escondida,
hecha un ovillo dentro de la tienda;
sólo quiere llorar y huir de esta vida;
entregar su cuerpo como una ofrenda.
La noche es cárcel de insomnio y gritos,
de pesadillas de fuego y disparos;
la niña llora y no encuentra delitos,
abrazada a su miedo sin reparos.
El hambre la devora en carne ajena;
sus huesos son el mapa del tormento;
su risa, rota, en fuego se envenena;
su infancia muere en cada cruel momento.
El hambre hiere con puñal de hielo;
su piel se aferra al hueso transparente;
su llanto vuela roto por el cielo;
su grito muere entre la turba ausente.
Temblando, coge su cobija al vuelo;
sus duros huesos destacan en su piel;
las moscas negras ya rondan su cielo,
y el pan soñado resulta un eco cruel.
Su hambre roe, y el agua nunca alcanza;
los pozos son de barro y podredumbre;
y sueña el pan que tuvo en la bonanza,
mas hoy mastica polvo y pesadumbre.
Su cuerpo tiembla, su alma se desploma;
no hay cama blanda, no hay abrazo tierno;
sólo tierra fría, que la desloma,
y el atroz miedo que habita en lo eterno.
Un día, quiso preguntar al cielo
por qué la guerra roba lo más puro,
pero su voz quedó colgando al vuelo,
pues la respuesta fue silencio oscuro.
Y así, pequeña, creció entre las ruinas,
mitad de carne, mitad cicatrices.
En sus ojos se posaron neblinas,
plagadas de suplicios sin matices.
Hasta que un mal día su cuerpo cedió:
sin pan, sin agua, sin nadie a su lado.
Sus sollozantes ojos al cielo alzó,
y su sufrimiento quedó sellado.
Niña de guerra, llaga estremecida,
quien te contempla rompe en llanto mudo;
siembra de horror tu infancia desvalida,
y tu dolor lo sentimos agudo.
Niña de guerra, historia sin futuro,
grito que rompe al hombre y lo desnuda;
si tu dolor hiere y pone en apuro,
quizás el mundo escuche, aunque estés muda.
Ya no hay lamento en su boca reseca,
ya no hay gemido en su pecho rendido;
sólo un recuerdo que el viento alimenta,
sólo un fantasma que nos habla al oído.
“Yo soy la niña que murió en la guerra;
soy la inocencia que el odio devora;
soy la pregunta que queda en la tierra:
¿qué dios no escucha si la niñez llora?
No me olvidéis, no borréis mi memoria,
no me cubráis con silencio y ceniza;
pues mientras siga la guerra en la historia,
habrá muertes cuando se coloniza.
Que cada niño que muera en combate
caiga en la conciencia del ciudadano,
porque su crimen, por siempre imborrable,
será la sombra del género humano.
Los que fabrican las bombas de acero,
los que comercian con sangre inocente,
los que se esconden detrás del dinero,
son los culpables de horrores y muerte”.

