En un rincón oscuro, con soledad,
mezcla colores de sangre y quebranto
en lienzos que gritan maldita verdad,
con hechizos que vuelan sin encanto.
Pincel en ristre, pinta el mal sin miedo.
Sus figuras son su reflejo oscuro,
ánimas que su arte contemplan quedo
en cuadros envueltos de amor impuro.
Cuentan que pactó un trato con la noche,
y que sus cuadros sangran al romperse;
que en sus óleos el diablo hace derroche
de almas cautivas que no pueden verse.
Ahora pinta cuadros con luna llena,
mirada absorta y corazón sin dueño.
Su alma, atrapada en eterna condena,
pinta horrores con trazos sin empeño.
Vierte sangre que los cuadros anega
con susurros, rasgando la negrura;
lamento atrapado que su alma entrega,
y llanto por no encontrar la abertura.
Hay un tétrico paisaje que no existe,
con infinidad de ojos sin pupilas,
rostros sin boca que juzgan lo triste
y lápidas en ordenadas filas.
Sus obras se exponen en casas muertas,
donde el tiempo transcurre sin las horas,
las mohosas puertas nunca son abiertas
y el pesado aire aquieta sus demoras.
No utiliza ni pinceles ni manos
si las sombras se apropian de su trazo,
con demonios que pululan lejanos
y retienen atrapado su brazo.
Pero el pintor no gime ni alucina,
pues su destino ya está decidido:
si no pinta cuadros, todo termina,
y pierde su alma en un arte perdido.
Muerto, su cadáver fue el de un despojo
en lienzo donde nadie se movía,
piel coloreada de sangrante rojo
y mortaja que en su pincel vivía.
El autorretrato ardía sin fuego,
sin nada que apagara su lamento,
con el alma atrapada en su reniego,
gritando muda con su parlamento.
Nadie lo llora y nadie lo reclama,
mas si hallan su pincel por accidente,
un nuevo pintor le venderá su alma,
para pintar horrores con la mente.
Porque el pincel maldito lo persigue,
y lo oscuro siempre encuentra una presa
para que pinte el susurro que sigue
y comience otra maldición impresa.

