La tempestad

Reposa el mar bajo su manto oscuro,
tranquilo el viento, inmóvil la marea;
mas, súbito, como cruza una idea,
se desata el infierno de un conjuro.

Poco a poco, los cielos se oscurecen;
con temor, los hombres el aire aspiran;
las velas, sin notar viento, suspiran;
y las naves son peces que perecen.

Al principio, se escucha un gran silencio,
todo se calma en quietud inquietante,
precursora de desastroso instante
que demostrará al mundo su desprecio.

Calla la mar. Su pecho se hace plomo.
Ni un soplo, ni un gemido. ¡Todo aguarda!
El mundo presiente, en prisión bastarda,
la furia que, en olas, levanta el lomo.

Pronto restalla el trueno y, con su estruendo,
semeja que el planeta se desgaja;
las olas rugen, el cielo se raja,
y el viento grita: “¡Viro a sotavento!”.

Se alzan olas en ondas espirales;
el rayo hace las alturas jirones
que llenan los cielos de nubarrones,
negros borregos, graves y brutales.

En su bravura late un mar sombrío,
rugiente león que hambriento se despierta;
los relámpagos arden en cubierta
y el trueno espanta el aire a su albedrío.

Se tensan las drizas y arrían velas;
en las crujías, llanto en cada embate;
y se caen por la borda, sin combate,
toneles, cabos, fardos y candelas.

Rotas las jarcias, los estays y obenques,
inundadas las bodegas por los respiraderos;
las cubiertas son los salpicaderos
donde nadan y flotan los arenques.

Las naves, frágil leño, se retuercen,
rompen los mástiles, se arrían velas;
las olas, columnas duras y fieras,
aúllan dando golpes y los encierran.

Chilla la nave, su proa estremece,
la espuma envuelve rostros y maromas;
los marineros, llenos de hematomas,
imploran un perdón que no acontece.

Gritan, suplican y tragan espuma
que el mar bravío escupe y los condena;
un cuerpo emerge sobre una cadena
cubierta de sal que la mar agruma.

Las olas mecen y el mar despedaza;
un cuerpo se alza, otro al abismo baja;
y el viento, en su clamor, gime y trabaja
destruyendo las naves que rechaza.

Cruje la nave, tiembla el marinero,
ciego, se aferra al palo mientras clama:
“¡Señor, ten piedad, que vuelva la calma!”.
Y el mar responde: “¡Vuestras vidas quiero!”.

Uno se arroja al agua enloquecido;
otro, busca asidero que no alcanza
y, en último y fugaz beso, se lanza
y en el viento cae, roto y despedido.

El trueno grita. ¡Qué festín de muerte!
La espuma blanca, sangre del abismo,
se agita en torno al casco, como un himno
que al hombre entierra y al cielo divierte.

Resuena el trueno y la noche hace artera;
se rompen los timones y cadenas;
el rugiente mar no entiende de penas
y, con furia, exige muerte certera.

Pero nada es eterno. El sol, distante,
rompe el cielo de plomo y lo atraviesa;
y el mar, cansado, en lenta sutileza
acoge los restos como un amante.

Después, terminada tanta contienda,
la cólera del cielo se disuelve;
la ola, que en su pecho todo envuelve,
se alza fuera del mar y su encomienda.

Fatigada al fin, huye la tormenta
arrastrando su melena salada;
hacia la costa va, desencajada,
con clamor de muerte, dolor y afrenta.

Aleja sus relámpagos sedientos,
sus abrazos de mortal quemadura,
sus truenos repletos de furia impura,
y al fin tranquiliza los instrumentos.

Ahora, sopla sobre tierra indefensa,
rompe árboles, tejados y cimientos;
los gritos se confunden con lamentos
de animales buscando una defensa.

Y, al encontrar tierra, aún con voz herida,
ruge y desata el resto de su historia:
derriba tapias, hiere la memoria
y deja en cada muro media vida.

El mar invade playas, que limita;
lucha contra acantilado y quebrada;
enfurecido, cubre tierra arada
y bate contra la roca maldita.

Empujando olas de una inmensa altura,
se interna y destruye todo a su paso;
inunda y arrastra miedo y fracaso,
asolando pueblos sin cobertura.

Allí prosigue, fiera y vengativa,
rompiendo en mil pedazos las cabañas;
arrancando árboles entre las cañas,
con viento que ulula su voz cautiva.

Un niño del pueblo entre ruinas tiembla,
mira el fulgor del rayo y se persigna;
la mujer gime y el viejo se resigna,
pues con el miedo nada se contempla.

Las madres, con los ojos sin consuelo,
miran pasar su casa hecha ceniza;
otra niña llora tras la cornisa
la sombra del que amó perdida al cielo.

Y, cuando al fin se extingue su amenaza
y el mar se duerme al pie de su enemigo,
queda un temblor de júbilo y castigo:
¡Es vida que resurge de su caza!

Mas cuando sólo queda la amargura
y los llantos se funden con la calma,
un resto de placer queda en el alma:
¡la sombra del poder y su hermosura!

Y al extinguir semejante grandeza,
un eco queda, largo y tembloroso;
la tierra llora, el cielo está furioso,
y el pueblo lo contempla con tristeza.

Porque hay en su furor cierta hermosura,
un gozo oscuro, un vértigo divino;
la tempestad, que es visión del destino,
muestra el poder del miedo y la locura.

Pues el hombre, en su terror, se enamora
de aquello que lo mata y lo levanta;
y la mar, madre y verdugo, le encanta,
¡pues ruge como el alma cuando llora!

Artículo anterior
Artículo siguiente

Poesías más leidas

Últimas poesías publicadas

Otros poemas

DEJA UNA COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí