El barquito de papel

Un niño pliega con cuidado
su barquito de papel,
y le construye, emocionado,
la vela, el casco y la piel.

Con dedos torpes, feliz, canta
con su tonillo infantil
canción cantada por infanta
bajo la luz de un candil.

“Con un papelito doblado
mi barquito yo formé,
tiene su borde reforzado
¡qué bello quedó y se ve!

Lo coloco sobre el reguero,
corre, corre sin parar,
esquivando cada agujero,
¡qué pirata tan audaz!”.

El niño corretea y salta
entre una chiquillada
que sobre charquitos resalta
por transportar su armada.

Lo lanza al agua del reguero
que figura ser el mar;
feliz, va corriendo el primero
jaleando su navegar.

El barquito saltarín gira
sobre charcos de cristal,
y el chiquillo grita y suspira:
“¡Navega libre, en mistral!”.

Y, contento, sigue su canción,
y alegre lo endereza
para que siga la corriente
y muestre su belleza.

“Yo lo persigo a carcajadas;
grito fuerte ‘¡capitán!’.
Él va bailando por calzadas
como travieso titán”.

Mas en el borde de la acera,
la alcantarilla es un dios
que se traga lo que hay fuera
y el barquito dice adiós.

El niño, sollozando triste,
tararea entre dientes
y enarbola su rabia en ristre
con llantos obedientes.

“Pero una horrible boca maga,
negra y oscura, se abrió;
la alcantarilla se lo traga,
y mi risa se apagó”.

El barquito navega solo
por las cloacas del terror;
es como roto chirimbolo
destruido por un error.

Entre ratas y cucarachas,
basuras y mucho hedor,
esquiva manchadas hilachas
flotando a su alrededor.

Una cucaracha flaquita
se sube para mandar:
“¡Soy tu pasajera chiquita,
y esta nave voy a guiar!”.

También un audaz ciempiés trepa
y al timón quiere mandar,
soñando con que al mundo increpa
si no tiene que nadar.

Mas pronto el papel se deshace,
porque el barquito se hunde
y con silencio se derrumba,
en partida sin canción.

Ahora, su papel, ya deshecho,
se hunde en sombras sin piedad,
el ciempiés huye en un repecho
y el pasaje en oquedad.

Un barquito que no perdura
será un desperdicio más,
quedando en nada su aventura,
en episodio fugaz.

Y, arriba, el niño, cabizbajo,
asimila la lección:
que todo viaje por atajo
es frágil, breve emoción.

Que la vida pasa con prisas;
que hay momentos en que es cruel;
y comprende que algunas cosas
no vuelven… como el papel.

El barquito es como su niñez:
navega protegida
hasta que alcance su madurez
y el viaje de la vida.

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