Cautivo por una incapacidad

Solo y abandonado a mí destino,
soy como un prisionero en mi habitación;
cautivo de incapacidad sin tino,
a solas con mi triste meditación.

Mi mente es celda angosta y carcomida,
que se asfixia en denso aire sin consuelo;
la angustia va limando lenta vida,
escondida detrás de un turbio velo.

Estoy cautivo entre cuatro paredes,
como fiera presa en jaula de cristal
que, aunque ante su pasividad enredes,
sólo escapará si vas al hospital.

Mi mente es celda tosca y retorcida,
con ventanuco arriba, inaccesible,
de poca luz, pobre como mi vida;
mi cuerpo en silla dura y despreciable.

Me entumezco al paso sordo del tiempo,
adormecido en su lento transcurrir;
matándolo con algún pasatiempo,
como si al hacerlo volviera a vivir.

No tengo voz que aliente mi memoria,
ni manos que me busquen en la herida,
borrando los recuerdos de mi historia,
en mente que es un eco de mi ruina.

Afuera salgo a veces, prisionero,
y hago el mismo recorrido, sumiso;
observo un cielo lejano, viajero,
dócil a la guardiana que preciso.

La soledad es látigo severo
en mi habitación, fría y traicionera,
vaciándome la mente por entero,
como objeto perdido en cajonera.

Me muerde rencorosa en un costado,
y me siento bestia en jaula corroída;
con tedio consumido en su reinado
y una eterna nocturnidad herida.

Mi mente es cárcel angosta y destruida,
reposa en catre duro y despreciable,
de tristes recuerdos que abren la herida
y de olvido mayor de lo deseable.

Recuerdos que persiguen con tortura,
rescatados al notar cada gesto;
que disuelven mi mente en amargura,
con la impotencia vil de un cuerpo impuesto.

Y en esta oscuridad que me somete
me sé ceniza, sombra y servidumbre;
mi espíritu, encadenado, arremete
y desangra el alma sin que la alumbre.

Mi mente es celda estrecha y afligida,
repleta de pensamientos lúgubres,
sin libertad, confinada y perdida;
impotencia y humillación fúnebres.

Me siento preso y cautivo en mi cuerpo,
sumiso al capricho de cuidadores,
como animal atrapado en un cepo,
oyendo sermón de adoctrinadores.

La casa y habitación, opresivas,
abarrotan y entumecen mi mente
de pensamientos a la defensiva,
ante tanto aburrimiento inminente.

Mi mente es celda angosta y carcomida.
No tengo ni hogar, familia o amigos;
solo con esta soledad sufrida,
en lucha sempiterna entre enemigos.

Mi mente es jaula angosta y retorcida,
asfixiada en espeso desconsuelo;
la pena desbroza, lenta, mi vida,
escondida tras espléndido velo.

Solo y desamparado en mí destino,
solitario recluso en mi habitación,
cautivo en un empedrado camino,
muero con mi afligida meditación.

No escucho voz que anime mi memoria,
ni dedos que busquen en la rutina
recordando sucesos de mi historia,
atrapados en un cuerpo en ruinas.

Mi mente, desquiciada y retorcida,
se asfixia en un viscoso desconsuelo,
cuya pena me envuelve conmovida,
escondida con aterrador celo.

Me humilla para dejarme postrado,
cual bestia encerrada en jaula roída;
con tedio consumido y repudiado,
en una eterna oscuridad perdida.

Mi mente es celda sucia y relamida,
asfixiada en un denso desconsuelo;
la angustia desgasta, lenta, mi vida,
escondida tras un tupido velo.

La sombra de la muerte es alargada;
con sigilo se acerca el crepúsculo;
la vida se desvanece, embargada,
porque seré un recuerdo minúsculo.

Al morir, ninguno me recordará;
no dejaré huella de mi existencia;
conmigo mi memoria se perderá,
liberándome de esta dependencia…

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