Cuando la luna de tristeza empañe
sonrisas de nostalgia y encanto,
lloraré que en ti mi amor se engañe
y muera sólo con la flor de acanto.
Cuando marche el anochecer umbrío,
y se lleve sus sombras de tristeza,
resurgiré al amanecer, con frío,
dejando la nostalgia en guedejas.
Porque cuando reverdezca la hierba
de nuestra juventud y desenfado,
nuestros corazones serán de piedra
y vivirán del esplendor pasado.
Aguardaré hasta un nuevo día,
por ver si florece el amor perdido,
despertándonos a una nueva vida
que cicatrice el corazón herido.
Más tu recuerdo en mi corazón seguirá,
agostando mi modorra y sueño,
porque nuestro amor aún latirá
cuando al morir deje de ser mi dueño.
Y amaré nuevamente tu abrazo,
transportado por los besos de otra,
que será de tu imagen pedazo
que se confunda con mi alma rota.
Y mi corazón otro amor buscará,
llenándolo de dulces ensueños,
más la llama del tuyo no apagará,
porque de esa ya no soy su dueño.
¡No! Nuestra juventud ya no volverá,
ensombrecida por tu ausencia,
ni el amor sincero regresará
en alas de su perdida elocuencia,
porque tú no estarás más conmigo,
compartiendo mi dolor y pena,
ni yo estaré nunca contigo
para hacerte la vida más amena.
Encontraremos, eso sí, otro amor,
perdida nuestra juventud primera,
y en él volcaremos nuestro dolor
por haber perdido una quimera,
porque la juventud nunca es postrera
cuando con ella el amor se desdeña
y nos llena de recuerdos señera
la vejez que, al final, es nuestra dueña.

