Hoy la cocina nada en alegría,
y el horno canta con su melodía.
Me pongo el delantal con mucha emoción,
porque haré una tarta con el corazón.
La mantequilla espera y baila en el bol
y la alegre vainilla se une al festín
cuando el chocolate me canta su rol.
Esto lo convertirá en dulce sin fin.
Harina en nube, azúcar que cae
como nieve que el invierno reparte.
Rompo los huevos con arte que atrae,
porque cada ingrediente se hace aparte.
Los bato, remuevo y vierto en el bol;
mezclo con ritmo, lleno de inspiración,
con levadura que suma su arrebol,
todos reunidos en la conspiración.
La mantequilla derrito en la sartén.
El cacao salta, travieso y loco,
al mezclarse con la vainilla también,
hasta que del aroma me sofoco.
Lo remuevo, mezclo y giro encantado
mientras lo amaso con gran ligereza,
para darle una forma amarrada
y que en molde entre con mi gran destreza.
En el horno entró, y se está dorando;
será montaña de pura belleza.
Tic-tac, el tiempo se pasa volando
y, al sacarla, cubriré su lindeza.
El horno ya comienza a hacer su parte.
Sube la masa como un globo al inflar.
Su dulce aroma pronto se esparce
pero, si la toco, se podrá desinflar.
Sale crujiente, dorada, perfecta.
La relleno con fresas, nata y crema,
partida por el medio en línea recta,
y recubro con fondant que es un poema.
En una batidora que va acelerada,
con gesto firme y sonido de orquesta,
bato nata como nieve cuajada,
para que mi obra maestra esté expuesta.
Recubro con frutas, cremoso color.
Una vela aquí, una guinda y toque allá…
Cada detalle lo hago con amor.
Mi linda tarta no me debe fallar.
Tendrá poca magia y mucho sabor,
delicia al corte, de esponjado interior.
Presencia agradable, con mucho glamur,
que eleva su porte a un grado superior.
¡Que suene la música y venga la gente!
¡Celebremos juntos sabor a la carta;
dulce pastel para el alma y el diente,
porque hoy, con amor, hago una tarta!

