Yo quise amarte
y, a mi pesar,
te quiero.
Yo quise odiarte
y, a mi pesar,
te espero…
Nunca volverá
el rocío que moja,
ni cariño habrá
de esa rosa roja,
que cegó mis ojos
sin ninguna queja;
ni habrá despojos.
Ya no volverán
a ondear tus cabellos
como antes eran,
largos y bellos.
Ya no llevaré
el clavel de tu pelo,
ni lo luciré
en mi pañuelo.
Me siento perdido,
buscando una razón
de estar prendido
del ojal del corazón.
Sólo llevaré una pena;
una espina clavada
muy honda, muy dentro,
en lo profundo de mi ser.
Ya nunca sabré
si eres rosa o clavel;
si son espinas o hiel
lo que me desgarra.
Ya no seré nadie;
ni me queda nada
cuando sopla el aire
o cae la rosada.
Paloma al viento,
levantando el vuelo,
mientras yo me siento
en luto por duelo.
Cuando abres tus alas
y te pierdes a lo lejos,
quiero tener tus alas
sin mirar el espejo.
No me quiero alejar,
ni volar el primero
con tu aletear
triste y lastimero.
Y, si sientes el vacío
cuando tu llanto brote
y caiga como el rocío,
germinará un goce
como nunca has conocido,
porque habrás comprendido
de la vida el estío
y veré cómo rueda
una furtiva lágrima
por mejilla de seda
y blanco alabastro
y, cual perla escondida
de brillante cristal
que a la compasión anima,
deja en tu mejilla el rastro
de la congoja final.

