Oí gritar tu nombre

Oí gritar tu nombre
porque el viento lo transportó
y su eco resonó
rebotando por el valle.
Y la montaña lo escuchó
con murmullos de contento,
y el río lo agradeció
con espumas de alegría.
Y, cuando el día se aquietó
y la penumbra gobernó,
me susurraron tu nombre
repetido por el viento
como ondas en un estanque
con risas de algarabía.

Oí gritar tu nombre
sonando en la lejanía,
claro y preciso
como la aldaba en la puerta.
Rezumaba de armonía
y musicalidad
con algo de melancolía,
como caída de  hoja otoñal
o desgranada letanía
por mis pecados de insumiso
y mi altanería de hombre.
Tristeza de una mendicidad
que mi alma apenas recuerda
si despierto para no soñar.

Oí gritar tu nombre
esparcido por el viento,
susurrado por el aire,
omitido en el silencio
en un lúgubre lamento;
y de tu amor quedé henchido
al escucharlo un momento.
Y lloré por mis pecados
de lastrado sedimento
por su continuo desaire
y por sentirme tan pobre.
Me estremecí de júbilo,
sepultado en el silencio,
porque estaba perdonado.

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