El avaro

Con las uñas de un grajo y pico rancio,
rebusca monedas como carroña.
Saco sin fondo, con un alma roña,
huele el oro en famélico remanso.

Babea ante él, cual graznido de ganso,
y al gasto gruñe como vil ponzoña,
pues pagar algo su vida emponzoña
y el dinero llora con llanto manso.

Acumula, atesora, con gran tesón,
como la hormiguita para el invierno,
y si no lo logra, abrirá un infierno
o le dará un ataque en el corazón.

Recauda dinero como un obseso;
halla en el oro paz y sepultura,
con pulso que late al son de la usura
y mide el mundo en monedas y peso.

Escudriña y corta las faldiqueras,
para poder rellenar su hucha ciega;
puño férreo, que monedas pliega
en el cofre bajo sus posaderas.

Hasta prestar un dinero le cuesta,
aunque sea con interés de usura,
y a reclamar el pago se apresura,
por si el deudor no le paga la apuesta.

Nunca ve amanecer en su embeleso,
ni de su alimentación se asegura;
su mayor placer es la cerradura
que oculta sus tesoros en progreso.

Lúgubre arcón con herrumbroso empeño,
que sujeta monedas como un clavo
y al vil metal erige trono esclavo,
donde reina avaro el mezquino dueño.

Del oro, no del cielo, es pedigüeño;
más le reza al cobre que a lo sagrado,
y en un culto innoble, ávido y sellado,
se unge pontífice en ruin desempeño.

Tiene por dios al doblón verdinoso,
lo mima, acuna con nanas y lame,
y a cada doblón que se desparrame
le ofrece incienso de sudor baboso.

Cuenta monedas cual rosario impío,
y al prójimo le niega hasta su sombra;
ni sal, ni pan compartidos le nombra;
su mano es garra y su mirar, cuchillo.

Vive con temor al pobre y al ladrón;
recela del amigo y del vecino;
compra tranquilidad como mendigo;
y pacta la paz al precio de bribón.

Mas cuando el cuerpo cruje silencioso,
no existe prójimo ni el oro acude;
si no ayudó, no hallará quién le ayude;
sólo habrá un pellejo y su arcón precioso.

Y cuando al fin se enfrente al negro sino,
dejará ese cofre intacto en su rincón,
dejándose en él su alma y su corazón,
siervo del metal hasta perder tino.

Pues, ante el soplo helado del vacío,
ni arca ni llave al tránsito le nombra,
porque la muerte se esconde en la sombra
y se morirá con su desvarío.

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