Ara, rotura incansable el papel
con tu pluma de escritor mediocre;
asfáltalo con grandes ideas;
Que por mucho que manches el papel,
en el fracaso está tu entronque
sin vivir la fama que deseas.
Escribe, galeote de letras;
muéstrate a la masa vocinglera
sin sentir ni pudor ni recato;
Desnuda tu alma llena de quejas,
para que ella ría satisfecha
encanallando más tu fracaso.
Rumia tus penas en la oscuridad;
convierte tu amargura en quejas,
alaridos amargos y rotos.
Que para ti no existe la equidad,
póstuma fama perecedera,
reservada para aquellos otros.
Desfallece a cada desilusión
con un nuevo opúsculo soñado
hasta llegar a la consumación.
Masturba tu mente con desazón,
recurso de escritor rechazado
cuando nadie le presta su atención.
Ni aún así serás señalado;
sólo parirás otro engendro más
en opinión de los eruditos
que ignoran cuánto te ha costado,
en agonía de parto incapaz,
escribir tantos libros malditos.
Desconocen la llaga perpetua
que asola y mata la dedicación,
cuando a pluma servil y profana
se erige monumental estatua
como penúltima humillación
que ciega al genio y mata el alma.
Liba tu dolor hasta las heces;
admite la última vejación.
Cuando tu reloj rompa su cuerda,
después de que te recen las preces,
verás cuán vana fue la obcecación
de a quien muerto ni se le recuerda.

