La boda

Rodilla hincada
con chaqué cruzado,
el novio estaba
de espantos curado.

Lucía una rosa
en ojal primero,
que destacaba hermosa
cual botón guerrero.

Parecía sangrar
por su amor frustrado
al no poder amar
por no ser amado.

Tan orgulloso henchía
el pecho engolado,
que más parecía
un preso forzado
que novio galante
y lisonjeado
por ser el amante
recién casado.

Más nadie veía
cuál era su estado
pues todos creían
que era apocado,
y por eso erguía
muy azorado
la frente altiva
del hombre casado.

Está a su lado,
vestida de blanco,
parecida a un hado
por tanto encanto
puesto con cuidado,
la novia en su manto.

Hay en sus labios
de dulce carmesí
ribetes de odio,
amor y frenesí,
y en sus lindos ojos,
de ensoñación llenos,
diez mil abrojos
de tristeza plenos.

Corona su toca,
albina y blonda,
un lirio que evoca
su tristeza honda.

Sobre el pasamano
realizan enredos
nacarinas manos
de níveos dedos,
por no estar quietas
sobre el regazo
de esa coqueta
novia de raso
que, en la ceremonia
que aún no termina,
con lenta agonía
sueña e imagina
que es una señora
que fue novia un día,
aunque aún añora
con acrimonia
el amor marchito
que sintió un día
por un muchachito
que no lo merecía.

Y la novia llora
su libertad ida
y sueña y adora
su noviez perdida.

Ya no se sonríe
por su soltería
ni hay quien la mire
como antaño hacían,
y sólo le queda
recordar con pena,
suspirando queda,
que no es una nena
si no la que hereda
su dolor y pena.

Aherroja sus llantos
tras sonrisa fiera,
entonando cantos
aunque ella no quiera,
porque nadie vea
que su alma llora,
sufre y pelea,
por ser la señora
de quien no desea.

Y no se da cuenta,
la muy plañidera,
la cruel afrenta
que le hace artera,
hasta que termine
la ceremonia
y el tiempo domine
en su memoria,
porque desconoce,
por lo que parece,
que nadie merece
despreciar el goce.

Otro tiempo vendrá
peor que el presente
y entonces será
cuando, ausente,
sólo recordará
del día de su boda
lo que aún durará
la eterna hora
en que se entregó
para dulce esposa
y sumisa llegó
como aquella rosa
a darse en ofrenda,
sangrando por dentro
como una prebenda
herida en su centro.

Sólo entonces sabrá
lo que ella desdora
en semejante hora
que nunca volverá;
y al llegar al lecho,
tálamo nupcial,
le saldrá del pecho
un suspiro glacial.

Sentirá entre sueños,
junto a su esposo,
todos los empeños,
caricias y acoso,
que vencerán pronto
el amor primero,
su recelo tonto,
y el pesar sincero
que siente ahora
por no ser la esposa,
marchita y gozosa,
de quien nadie adora.

Y un día llegará
como el de ahora
en donde llamará
que vuelva esta hora.

Llorará sincera,
con tristeza tardía,
la boda que añora,
despreciada un día.

Más ahora no piensa,
tan sólo medita
la tristeza intensa
que ninguno evita
por no ser bastante,
aunque sea bella,
la congoja amante
de su amor por ella.

Revive la escena
del último beso,
sin gracia ni pena,
roto el embeleso,
que su amante hiciera
sin ningún exceso
porque pareciera
el más casto beso.

Ella sueña y vela
cual golondrina
que al tiempo vuela
sobre una encina.

Sonámbula marcha
en retazos de amor
que cae cual escarcha
con todo su esplendor,
y cuando despierta,
modosa y coqueta,
apenas acierta,
como la veleta,
sacudir pereza,
recuerdos y sueños,
que son su pobreza
y ominosos dueños.

De lágrimas llena
disimula fiera
y demanda pena
a quien se la infiera.

Mira a su esposo;
descubre gozosa
que no queda poso
por ser ya su esposa,
y olvida querellas
que a nada conducen;
tan sólo son mellas
que dolor producen
si se las recuerda.

Compara y desmiembra,
por ser una lerda
que siega sin siembra.

Deja caer la venda
y entonces contempla
la lejana senda
que su amor atempla.

Horrorizada ve
lo que pudo hacer
y ya no prevé
más que el nuevo nacer.

Trastornada e inquieta
mira en derredor,
y se finge coqueta
simulando candor,
más nada ocurre
viéndola tan bella,
aunque los aburre
con tanta querella.

De noche, absorta,
recuerda y piensa
la lisonja corta
en que fue princesa.

Por eso lamenta
la rabia que ciega
como la tormenta
que abrasa la siega,
y echa de menos
placeres y besos
de contento llenos
que creyó perversos,
cuando sonrieron
tristes y serenos
a cuantos quisieron
para no ser menos.

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