Palpita la ciudad bajo un entramado de cables,
y en cada esquina se respira una historia,
que se enreda en humo de ilusión y sueños.
El aire huele a cafés y bollería reciente,
a humo y promesas que se cruzan sin verse,
a desodorante, colonia y perfume.
La ciudad respira, sin descanso, en ráfagas de neón
y avenidas donde el pulso no descansa
con el estruendo de autobuses y coches.
Semáforos parpadeantes, luciérnagas urbanas,
calles que murmuran nombres olvidados,
oyendo correr, para vivir deprisa.
Bajo el concreto, el eco de cien mil pasos murmura,
cada uno es un sueño que se niega a dormir,
mientras por debajo siga corriendo un tren.
Con el pulso acelerado de un murmullo constante
de gente, que habla o discute mientras corre,
y en los andenes baja y sube escaleras.
Comentarios y risas que se mezclan con motores,
grafitis de colores sobre paredes,
niños que juegan en parque oxidado.
Multicolor, en patios florece ropa tendida,
y en balcones, banderas en los desfiles
o pancartas para decir no se rinden.
Los edificios, altos o bajos, como certezas,
guardan risas, peleas y besos fugaces,
tras cristales de ventanas encendidas.
El sol se refleja en los vidrios de los rascacielos,
como si quisiera incendiar cada día,
y la noche llega con neón y promesas.
Madrid incendia cada momento hasta hacerlo eterno,
cual criatura inmensa difícil de nombrar
baila en el ritmo del tráfico y del azar.
Y, cuando la noche despliega su manto eléctrico
y las luces de neón invaden las calles,
nada se detiene, todo se acelera.
La ciudad se desnuda de cansancio y se reinventa:
abren clubs nocturnos y las discotecas,
bares, teatros, cines y los musicales.
Día y noche, aquí todo vibra, gira y todo arde.
La ciudad nunca duerme, sueña despierta
y en su agitado sueño se entrega a todos.
Late Madrid bajo un claro cielo de piedra y fuego,
en donde las campanadas de las doce
no marcan el tiempo, sino la memoria.
La Gran Vía despierta con un bostezo de luces;
los balcones se abren al rumor del día
y al olor del café recién hecho a prisa.
Terrazas, bares y cafeterías son sus templos;
la ciudad conversa con quien la camina;
sus parques y plazas son su respiración.
Con sus museos, sus teatros, cines y musicales,
pronto será la ciudad más visitada,
más envidiada y floreciente de Europa.
Por Lavapiés se mezclan acentos y religiones;
en Malasaña el arte está por los muros;
y en Chamberí todo guarda un eco antiguo.
El Retiro suspira entre su estanque y sus paseos,
y el Manzanares, con discreción, observa
al sol derretirse en las torres de cristal.
Viendo sus inclinadas torres deseando besarse,
la gran torre con ventana al infinito,
o la que imita un cohete pronto a despegar.
Con su Quijote en busca de gigantes en molinos;
con sus mercadillos, congresos y Rastro,
recodos de los Austrias y La Latina.
Madrid nunca duerme, siempre permanece despierta
alegre, infinita, desvío al paraíso,
como un corazón que se niega al descanso.
Porque en esta ciudad no sólo se mira, se siente:
late en el alma, en la piel, arde en los ojos
y captura como fuego sin frontera.

