Mi senectud

Entre cuatro virtuales paredes,
donde las ventanas son mis ojos,
mis pies se asemejan a percebes
y los movimientos son despojos.

Transcurre mi vida en las tinieblas:
Para leer, brumas en mí único ojo;
para mover, de caídas te pueblas
y dormir consigues a su antojo.

Soy ratón escondido en convento
de silenciosas monjas trapenses,
donde sólo se habla en el momento
de rezar plegarias cistercienses.

Barca mecida en oleaje adverso,
que sucumbe en tempestad sin freno.
Soy de novela vieja el reverso
y de sus aventuras relleno.

Bajo la escalera a la libertad
con peldaños llenos de frustración;
bufidos de jamelgo en ansiedad
con sus cascos rotos sin curación.

Si salgo, mi carrera es maratón
para cinco metros a la hora
y, en la meta, premio de compasión
por conseguir llegar con la aurora.

No camino ni ando, yo discurro
como las hormigas por el arcén;
contra las paredes me espachurro,
como el tentetieso caído al andén.

Mi carroza es la silla de ruedas;
mis brazos son como bielas de un tren;
mi motor es la tracción que puedas
con el combustible de mi retén.

Tengo por brioso corcel la silla
y, por lanza, mi pluma de escritor;
en la mente, alguna pesadilla,
que apago con ideas de extintor.

El silencio tengo por cobijo;
de la casa, las paredes, prisión.
Soy el cruzado de algo prolijo
y guerrero del dolor en cuestión.

Me siento fardo desportillado,
oculto en un rincón indeseado,
y al levantar, sueno escacharrado,
como un soñoliento desaseado.

Escucho los cantos de sirena
desde que mi voluntad naufragó.
Vivo en una constante verbena,
que a mi cerebro el néctar embriagó.

Lucho inmerso en respuestas sencillas,
que mi mente filtra con desgana,
en horas espesas como arcillas,
que alargan el tiempo en la semana.

Soy centella que ya no fulgura,
el eco de tiempos que se fueron,
espejismo de alguna figura
de los rostros que en su luz vivieron.

De mi mente cuelga la memoria
como personaje sin amigo.
Y en ella danza alegre la escoria
del ayer que camina conmigo.

Mas, oculto en polvo de este hastío,
un brote de recuerdos persiste,
cual lamentación de un desafío,
que con sonido sordo aún resiste.

Soy un poema escrito en la dolencia,
con estrofas que el dolor doblega
y letra que dicta mi conciencia,
si una musa conmigo navega.

No lloréis si os parezco vencido,
pues en mi batalla no hay pabellón;
sólo escucho el silencio temido
cuando solicito alcanzar perdón.

Cada día es montaña que se alza;
cumbre que yo subo desde abajo
con la mente en pedazos, descalza,
triste y refugiada en su trabajo.

Veo televisión y oigo canciones;
escucho discutir en batallas,
y aunque caigan mis rotos bastiones,
la lógica en mi mente no acallas.

Soy huella que deja lo invisible;
pilar que ningún sismo derriba;
respuesta inútil e incomprensible
de espíritu vivo que aún se aviva.

Que no os engañe el cuerpo dormido,
ni el temblor que a veces me traiciona;
en mi interior aún no me he rendido
a tretas que tumban en la lona.

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