Llegué hasta mi casa,
el alma en un puño,
con la paga escasa,
perdido el terruño.
Mis pasos cansados
buscaban consuelo
en sueños prestados
bajo el mismo suelo.
El viento en mi cara
me trajo recuerdos
de tierra que fiara
en tristes acuerdos.
Al abrir la puerta,
mi hijo sonreía
y su boca abierta
iluminó el día.
Sonriente, me dijo:
“No hay nada perdido”.
Y, así, él predijo
que no estoy hundido.
Volvió la esperanza,
como el viejo amigo
que en cada mudanza
me llevo conmigo.
Mi pan en la mesa
no era abundante,
pero su promesa
era deslumbrante.
No todo es dinero,
ni fama, ni gloria;
es amor sincero
y buena memoria.
Volví a levantarme
con nuevas razones,
y empecé a forjarme
alegres canciones.
Semillas de vida
planté en cada pazo.
Y el hacer su herida
fue como un abrazo.
Vecinos y amigos
sumaron su aliento
para ser testigos
y cambiar mi viento.
Donde hubo silencio,
brotaron cantares
que aún reverencio
como mis ajuares.
Yo ya no era el mismo
que ayer regresara,
caído en el abismo,
buscando luz clara.
Mis manos vacías
crearon un futuro
con fe y alegrías,
vencí lo más duro.
Ahora mi terruño
ya no está perdido,
ni al niño enfurruño,
porque yo he sonreído.

