Fui a un concierto

Me invitan a un concierto. ¡Será épico!
¡Un planazo genial! Todos me animaron,
y yo, que sólo soy un fan escénico,
caí, compré la entrada, y allá me arrastraron.

Me he vestido de negro, con premonición.
Compré la entrada de moda, por el hype;
según Instagram es “rock indie” ¡Qué emoción!
¿El grupo? Da igual, ¡sale en reels con likes!

Con camiseta que dibuja una explosión,
y entusiasmo que al cansancio no dará pie,
abandono mi casa en una conmoción,
y corro tanto que caigo por un traspié.

Gel en el pelo, por si el viento traiciona;
me sé tres canciones, lo que es ser fan total
si el concierto del empujón funciona.
Y así llego, frente al escenario, al final.

Estampida de hípsters con cara seria,
buscando selfis con mirada existencial.
Son zombis que se mueven como bacteria,
y hace horas que se pierden en lo virtual.

Me pisan ambos pies, sin pedirme perdón;
algunos ya cantan en tono precario,
reclamando que aún no empieza la función,
al tiempo que los calma inútil becario.

El telonero canta como ballena,
se arranca soplando sobre una armónica.
Y me pregunto si merece la pena
oír sonar semejante filarmónica.

Brincan y gritan por detrás, cual canguros,
y me vierten un vaso sobre la espalda.
El público vibra sin ver más futuros,
grabando la tormenta que los respalda.

El del pogo choca y pisotea sin piedad.
Aplaudo su ritmo, como en una esgrima.
Con móvil en alto, grabo su indignidad.
El bajo retumba y su canto da grima.

¿Bailar? Ni en broma; si sudo me despeño.
La diva, en playback, con autotune a tope;
mejor hago stories con mi ceño risueño,
rogando a la jaqueca que no me arrope.

Luces y gritos de fans lanzados al aire
se mezclan con los sudores por perfume
y el dolor de sus pies con gran donaire;
drogas que con su olor adormecen y sumen.

El tipo de al lado huele a zombi frito
de ojos perdidos en un filtro brillante,
pero estamos unidos para este rito
de escuchar música y vivir el instante.

Una llora, sin entender ni una letra,
y grita histérica que fue algo mágico;
lanza su sostén, que al escenario entra,
y al vuelo lo atrapa un músico estático.

Yo esperaba rock, no drama sin melodía.
En resumen, sólo hubo el humo que flota.
Canté mal, desafiné lo que podía,
pero en este loco caos, nada se nota.

Termina el concierto. ¡Momento bendito!
No sé si sonó mi tema favorito,
mas tengo ocho selfis, ¡y salgo bonito!,
como recuerdo de un concierto proscrito.

Al final, vuelvo a mi casa descompuesto,
cansado y roto, sin saber qué es lo que vi.
Tras loca jornada, feliz y dispuesto,
digo: ¡Lástima, por desgracia me atreví!

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