Amor, llama divina que me abrasa,
fugaz lucero en la noche escondida,
fuego que consume en altar sin brasa
y sombra de luz en llama prohibida.
Suspiro antiguo de los dioses muertos,
bordando sueños en polvo y herida,
como un conjuro entre los sueños yertos,
con esa voz que en sombra me adivina.
Exiges sangre, invades los umbrales,
tu existencia en mi alma se alza y la arrasa,
corroyendo de templos los vitrales,
a la vez que, cariñoso, me abrazas.
Eres torrente, júbilo y quebranto,
naufragio dulce donde el alma muere;
mil voces te alaban por tu encanto
y en cada beso tu universo hiere.
Es tu voz de caos y de cruel destino
la que nos reanima en la total ruina;
el cáliz de la sangre y desatino;
el fin que empieza y el dolor que afina.
Eres locura, abismo y armonía;
en ti se funde el sol con la tormenta;
mi corazón te busca cada día,
aunque tu presencia abrasa y atormenta.
Te invoco en niebla, luna y cementerio,
donde los astros lloran tu condena;
tu promesa, abismo y mi cautiverio,
dios que preside con ternura y pena.
Tu rostro surge en sueños de ceniza,
donde los siglos duermen su tormenta,
y en cada labio que la noche irisa,
arde tu rito con dolor que alienta.
Tú nos concedes la gloria y la pena,
coronas de oro y cruces de destierro,
lloras con lluvia, ríes con la arena,
y vuelas libre causando mi encierro.
Amor, te nombro y el aire se estremece,
los astros giran bajo tu decreto,
mi alma, esclava, grita, gime y obedece
bajo tu signo oscuro, puro e inquieto.
Tu altar es sexo, lágrima y cuchilla;
sobre él se ofrenda el pulso, la cordura,
la rosa muerta, el corazón que humilla,
y nace el gozo en medio de ternura.
Tiemblan las almas bajo tu presencia;
arde el espíritu en sagrado espanto;
en cada beso habita la demencia
que al alma entrega a su final encanto.
De ti nacieron rosas y cuchillos,
ángeles ciegos, sombras que se besan;
tu nombre agita los antiguos brillos
de estrellas idas que jamás regresan.
Llama inmensa de una diosa incorpórea,
te sigo ciego entre el fulgor del miedo;
tu beso es rito, mi tumba y gloria áurea,
fe que se entrega al abismo y al credo.
Amor, incógnita en la noche eterna,
tu pulso guía las almas errantes,
tu llama enciende la visión fraterna
de un trono a los amantes visitantes.
Encarnas la alegría y mi alborozo;
el calor del sol después del nubarrón;
alivio del preso en el calabozo;
el arrullo musical de una canción.
Sensación que se aloja y se alimenta
con el loco palpitar del corazón
y encontrados sentimientos que alienta,
sin ningún control, ni medida o razón.
Si en mí persistes, pierdo la cordura;
si rechazo, muero por tu descuido;
en tu esencia florece mi locura
y en silencio descubro lo prohibido.
Sobre el corazón graba tu estandarte
con letras rojas de pasión y duelo,
y haz de mi ser un templo que comparte
tu luz maldita y tu fulgor de cielo.
Amor, conjuro, vértigo divino,
te elevo en plegaria salves mi mente,
sé mi pecado y sé también mi sino,
mi redención y mi final ardiente.
En tu misterio el universo gira
y el tiempo cae rendido ante tu llama;
tú eres el final que todo lo inspira,
esa eternidad que a sí misma se ama.
Y, cuando muera, quiero en tu mirada
hallar la noche que el dolor engendra,
pues, si te pierdo, no me queda nada,
¡sólo tu sombra más honda y eterna!
Mas si al final mi vida se consume
en la candente flor de tu agonía,
renazca el alma, pura, sin perfume,
en tu mirada de ¡eterna poesía!

