Al hombre cuando nace
le firman la sentencia,
“A muerte condenado”
es su segura herencia.
Por eso, cuando siente
en su cuerpo cadencia,
debe poner a prisa
tranquila su conciencia.
El cuerpo aquí se queda,
arriba va la esencia,
o a gozar en el Cielo,
o a sufrir penitencia.
Para evitar la muerte
no nos sirve la conciencia,
ni los grandes señores
con toda su influencia.
El hombre cuando muere
en polvo se convierte
y ya nadie se acuerda
de aquel, tan sano y fuerte.
Sólo los familiares
que rezan por su suerte
allá en el “Claro mundo”
de espíritus inertes.
Los amigos te olvidan
a fuerza de no verte,
pues recuerdo y nombre
se borran con la muerte.

