El trapecista tullido

Tullido, cual moderno Quasimodo,
el saltimbanqui viste de payaso,
con un solo zapatón incómodo,
pues hace tiempo que perdió el paso.

Sale a la pista con muleta y bombín.
Cojea fino, cual cisne tullido,
al tropezar con un inmenso adoquín,
y sube al trapecio muy atrevido.

Apoya el zapatón sobre la barra
y, agarrado a las cuerdas estáticas,
comienza el balanceo, lo desbarra,
y cae dando vueltas acrobáticas.

El payaso se ríe en su desgracia,
para disimular tamaño desliz,
y manotea en el aire sin gracia,
para poder volar como una perdiz.

Surca el aire solemne, aunque pateando;
es héroe del trapecio sin fortuna;
los reflectores lo enfocan, brillando
en su gloria desigual de infortuna.

Apenas consigue agarrarse a otro
que, en soledad, oscila en el espacio,
aunque, para ello, se disloca un hombro
y su único zapatón cae despacio.

De pronto, se descuelga; va girando,
cual pato que ensayara las piruetas;
el público se levanta gritando;
y él cae entre el ruido de panderetas.

¡Olé por el cojo! Grita la grada.
Esta caída mejorará la función.
¡Fue salto torpe, de gran bufonada!,
pues nada distrae más que un buen tropezón.

El público aclama: ¡Qué arte, qué gloria!.
Liado entre las cuerdas, cuelga de través;
si en el volatín peligra su historia,
será un milagro que aguante otro revés.

Hace pinitos torcidos, gloriosos;
se lanza al vacío con gran convicción;
los niños ríen y lo admiran jocosos;
y él cae como triste saco de algodón.

Su arte, que su cuerpo ya no resiste,
es eco deformado de grandeza;
un ángel que tropieza y que persiste,
riéndose él primero de su pieza.

Él, con gesto elegante, se enreda,
lucha y pierde su nariz de payaso;
se entretiene simulando ser rueda,
y las risas revelan su fracaso.

La orquesta toca con música fina,
siempre disfrazada de gran ovación,
y ahogando el sonido de su rutina:
crujidos, gemidos, ¡qué bella función!

El público, entre aplausos de grandeza,
lo convierte en el milagro de un guiñol,
confundiendo el dolor con la destreza,
pues todo fallo lo visten de arrebol.

La gente anima, sin pizca de pena.
¡Ser cojo en el aire penaliza cruel!
Siempre divierte la cojera ajena
si el arte se impone, aunque nos sepa a hiel.

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