Amor inmortal

Te fuiste en plena llama del deseo,
con mi piel aún hablando de futuro;
quedó mi vida rota en un paseo
y la razón sin casa ni conjuro.

Moriste en apogeo del deseo,
cuando el mundo era un temblor compartido.
Me dejaste sin gozar tu recreo
y el corazón, sin sentirte, destruido.

Aún recuerdo la forma en que dormías;
confiada, te abandonabas sin temor;
mi pecho era tu hogar en las mañanas
y el mundo se callaba a tu alrededor.

Tu risa me enseñó a olvidar el tiempo,
un espacio donde todo era verdad;
amarte fue aprender que en un silencio
podía entrar más que en toda la ciudad.

Éramos luz sencilla y cotidiana,
un pan compartido en sombra y soledad;
si te nombraba, el dolor se callaba,
como si la pena tuviera piedad.

Por eso fue tan cruel la despedida,
porque me llegó sin voz ni compasión;
el amor aún ardía en nuestra vida
cuando nos dejaron seco el corazón.

No hubo promesa, adiós, ni mano alzada,
sólo un gran vacío, súbito y feroz,
donde mi alma quedó deshabitada
y la tuya marchó sin dejar tu voz.

No fue una lenta y dócil despedida,
fue cual tajo seco, súbito y brutal,
que la pasión cortó recién nacida
y el tiempo desvaneció como un ritual.

Desde que partiste lejos de mi amor,
en todo mi ser se oscureció la mar;
quedó mi pulso clavado en tu rubor
y sigue soñando sin volver a amar.

Desde ese día vivo dividido:
una mitad suspira y otra se fue;
mi cuerpo sigue aquí, pero perdido,
mi espíritu te persigue donde estés.

Te busco en todo lo que te recuerde,
en cada gesto que murió a la mitad;
la desesperación me ladra y muerde,
como un animal ciego por la ansiedad.

No es sólo que no estés, es que no existo
tal y como yo vivía junto a ti;
morí desde el momento en que te he visto
cruzar donde no puedo ir tras de ti.

Desde ahí agonizo todos los días,
porque mi lamentación nadie escuchó;
mi fe se destruye en dudas tardías
y, sin oír tu voz, mi mundo se murió.

Ando entre la gente, pero no me ven;
soy la sombra de un amor que fue fatal;
mi corazón ya no sabe quién fue quién
desde que tu latir es algo irreal.

La pasión se murió recién sembrada,
y el tiempo se negó a alimentar su fe,
pues con tu muerte se quedó enterrada
y el corazón preguntándose el porqué.

Desde entonces, camino entre los días
como quien cruza un templo sin su altar;
rezo a sombras, a luces que no envías,
a un cielo que no me sabe contestar.

Le exijo a Dios con una fe agotada,
le pido cuentas, signos, algún misal;
si el amor es sagrado en Su mirada,
¿por qué lo condenó con este final?

La noche es un infierno interminable,
mi cama es un lecho frío sin tu voz;
abrazado al aire, frágil, culpable,
imagino un reencuentro sin tu adiós.

En mi interior te me mueres cada día
rememorando lo mismo cada vez;
digo tu nombre y ardo en agonía,
pues intento en tu deserción no creer.

Aunque duerma solo, yo te presiento
bailando descalza dentro de mi ser;
vienes llena de luz en mi lamento,
pero enseguida te vuelves a esconder.

La noche es tu dominio preferido:
vuelves a mí cuando me rindo al soñar;
me hablas en un silencio compartido
hasta que, al despertar, vuelvo a naufragar.

Cuando la noche se arrodilla ante mí,
con su reinado de insomnio y de temor,
tú vienes cuando me rindo y no puedo huir
mas me dejas desnudo frente al dolor.

Te sueño viva, intacta, sin herida,
acariciando mi frente al despertar;
pero al abrir los ojos a esta vida
me vuelves a condenar a no tocar.

Vivir se ha vuelto un acto involuntario;
respirar es una forma de penar;
quererte es mi pecado cotidiano,
porque olvidarte sería renunciar.

Te siento dentro en cada gesto que hago,
en cada sonrisa rota a la mitad;
existir se volvió un largo letargo,
donde el amar es volver a agonizar.

Me hundo muy hondo en mí, sin resistencia;
la depresión me llega en mi soledad;
¿por qué diste amor en efervescencia
si el cielo ya te llamaba en tempestad?

Dicen que el alma aprende siendo herida,
que el duelo es sólo una forma de ascensión,
pero esa fe se queda mal vestida
cuando sangra tu nombre en mi corazón.

A veces, creo escucharte entre rezos,
tan ligera como un soplo en el cristal;
al final, tu ausencia no está en tus besos,
sólo es otra forma de amor magistral.

Paciente, cargo el día con más calma,
aunque me aprisione el aire al respirar;
si estás intacta en otra luz del alma,
nunca podrá ser en vano tanto amar.

No es homicida el ansia de alcanzarte,
me salva el imaginarte en plenitud;
si existe un más allá donde encontrarte,
me dirijo hacia él con lenta rectitud.

Si existiera un cielo hecho de memorias,
guárdame un sitio en el borde de tu voz;
llegaré agotado por mil historias,
y de rodillas me pondré ante tu dios.

Mas si no hay cielo y todo fue este duelo,
habré vivido fiel a mi corazón;
pero si hay un abrazo tras el velo,
allí comenzará nuestra eterna unión.

Porque amarte es morir sin despedida
y, al mismo tiempo, un acto de creación:
mi amor va más allá de cualquier vida
para merecerte en otra encarnación.

Pues si por amarte fue mi condena,
también fue mi recuerdo más redentor;
ahora, mi vivir es cargar la pena
de sobrevivir tan lejos de tu amor.

En mí, la fe se quiebra, se arrodilla,
se vuelve una pregunta sin contestar;
mi alma es como un país sin maravilla,
donde existir desconoce continuar.

He dialogado a solas con la muerte,
le he pedido tregua, un gesto, una señal;
me mira conociendo que la suerte
ya escribió esa partida en letra final.

Si la muerte resulta ser un puente,
según nos dice el miedo al anochecer,
guárdame a tu lado un sitio clemente ,
donde pronto, yo, por fin, te vuelva a ver.

Quiero otra vez despertarme a tu lado,
oírte respirar, sentir tu piel en mí,
besar tus labios hasta estar ahogado
y ver tu sonrisa de Benamejí.

Y, mientras tú duermes, comerte a besos,
sin que del sueño te hayas despertado;
hacer los sueños tuyos embelesos,
que conviertan nuestro amor en aliado.

De la mañana hasta llegar la noche
nos refundiremos en uno solo,
sin que nos aleje ningún reproche,
para así florecer como un gladiolo.

Quiero escribir tu nombre en las estrellas,
mostrado en la tenue luz de la luna,
ellas serán avergonzadas doncellas,
envidiosas de tener mi fortuna.

Sentir aquellos besos mañaneros,
para despertarme otra vez junto a ti,
con los cuerpos en abrazos guerreros,
que nuestras ilusiones quieren vestir.

Que acaricies mi pecho con ternura
y me sienta entre tus brazos amado;
besar tus labios y piel con locura
en esa intimidad que hemos creado.

Juramos en la eternidad amarnos,
que nuestras sombras serían sólo una;
mas la muerte te cogió de las manos
y la eternidad se aplazó en hambruna.

Sueño percibir el olor de tu piel,
rodeados por el amor y la pasión;
que te renuevas en mi cual cascabel…
¡Sueño! que ya sólo raya en ilusión.

Nos veríamos en nuestro atardecer,
tan sólo dedicados a nuestro amor,
robándole horas al tiempo, sin correr,
embelesados con pasión y fervor.

Si pudiera dibujarte en mis sueños,
disfrutaríamos los dos con pasión
y, acurrucados los dos con empeño,
sedientos, beberíamos corazón.

Mientras llego a tu lecho en la eternidad,
para yo embelesarme en tu hechizo,
imagino tu cara con ansiedad
y tus labios en beso visualizo.

Tú vives mi sueño más ansiado,
y siento que tus brazos me rodean;
poder dormir unido al cuerpo amado,
liberado de sombras que me acechan.

Juntos recogeremos las caricias
que tu pronta muerte nos arrebató;
apuraremos todas las delicias
que, por tu muerte, ninguno disfrutó.

Tendremos amor y entrega pasional;
somos almas nacidas para amarse.
Cada noche soñar juntos al final
y al amanecer volver a besarse.

Despertarme cada día a tu lado,
en los brazos de lo que más anhelo;
sentir latir mi corazón ajado,
como si lo abrazase un terciopelo.

Pero con tu muerte se acabó todo:
besos, abrazos, caricias y pasión;
la noche se hizo triste como lodo,
y la oscuridad llenó mi habitación.

Desde entonces, supero cada día
como quien cruza una calle en oración;
si tu voz no mintió en la lejanía,
mi amor nunca fue un error o una prisión.

Pero me paso cada noche y día
como quien cuida un fuego en la tempestad;
mas, si tu amor persiste todavía,
mi pena no durará una eternidad.

No busco mi muerte para alcanzarte,
ni me aparto de la vida por dolor;
camino fiel al hilo que me ataste
con la ternura intacta de nuestro amor.

Si hay un lugar sin tiempo ni frontera,
donde las almas se vuelvan a encontrar,
llegaré con mi enseña duradera
y, con ella, tú me sabrás encontrar.

Y si no consigo ese reencuentro,
te habré amado más allá de todo adiós;
pero si hay cielo al llegar a este encuentro,
allí seremos uno en lugar de dos.

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