La gente que teme morir cada día
crea dioses de oro con falsos remedos
y olvida su origen y breve armonía
entre tantas guerras, los templos y miedos.
PASADO
Muerte e incineración:
Yo fui cuerpo y latido entre los mortales;
soñé en la luz, temí la oscuridad muda;
y, al morir, el fuego quemó mis ideales
e incineró mi permanencia desnuda.
Tuve un nombre, cuerpo, anhelos y una vida;
hasta que la llama con su ardor me hizo humo.
El fuego devoró mi carne encendida,
y en su ardor comprendí lo fugaz del mundo.
Crujió la madera, mi cuerpo se quemó,
y en el ataúd mi ser fue olvidado.
Lloraron los míos; su llanto se mezcló
con silbidos de gas y fuego sagrado.
Crepitaron mi piel, mis huesos y males;
ardí en su abrazo con fiereza cruda;
sentí el morir de mis sueños terrenales
en aquella llama que devora y muda.
Chilló mi envoltura, dolió mi partida
y, entonces, supe que la carne es temporal,
un soplo, un instante, lo que el tiempo olvida,
y que todo regresa al polvo corporal.
PASADO y PRESENTE
Conversión en cenizas:
Fui amor y suspiro, duda y deseo;
fui voz que en la noche buscaba consuelo;
hoy, ya sin nombre, soy cuerpo sin trasteo
sobre leve brisa lanzado al vuelo.
En humo me alzaron en danza callada,
con afligidos llantos de sentimiento.
Mi polvo se quiebra sobre la alborada;
soy nube, soy pluma, soy nada y soy viento.
Ya no soy carne, ni llaga, ni deseo.
¡Ay, crueldad horrible, vértigo de cielo,
eterna búsqueda, soplo errante de ateo!
Soy el eco de un ser que emprende su vuelo.
Otrora, mi corazón realizó proezas;
tuve ternura, deseo y fe perdida,
que el fuego consumió en ardientes promesas;
y en ese abrazo comenzó mi partida.
Después, el silencio. En urna me guardaron;
fui ceniza de la memoria vertida;
y, un día sin sol, sus manos me arrojaron
contra el viento, que heredó mi nueva vida.
Todo mi ser se hizo ceniza nocturna;
mi alma se convulsionó con mil temblores;
y los míos, llorando, me abrieron la urna:
“Vuela —dijeron—. Vuela y nunca retornes”.
Salí en libertad como polvo dormido,
como un secreto que no pesa, más duele.
Ese día, temblando, escapé del nido
en la brisa que me arrastró como suele.
Entonces, el viento me tomó en su palma;
vi la tierra alejarse, el río, la fuente;
el aire me alzó como si fuera un alma;
y sentí que en la nada yo era consciente.
PRESENTE
Cenizas al viento:
¡Qué vértigo de azul con mi vuelo errante!
Me esparce el aire, libre y sin un camino.
Yo ya no existo, soy brisa delirante,
cenizas que regresan a su destino.
Vago por el mundo y, en cada latido,
no existe nada entre el yo y el universo.
Me encuentro en la flor, en el sol renacido;
soy un soplo eterno, sin tiempo ni verso.
Y, al seguir mi viaje, siento que me inflamo,
porque soy polvo, la memoria, y sonido.
La voz del mar, del viento, que yo reclamo
y que son parte de principio y sentido.
Me elevo en las nubes, me vuelvo rocío
y, en cada latido, del mundo me siento,
caído en la montaña, respirando el frío;
ceniza, conciencia, silencio y aliento.
Vuelo sobre el río y beso su corriente,
me beben peces con giros de cristales
y escucho al agua, con voz adolescente,
decir: “Nada muere, somos inmortales”.
Cruzo lagos y abrazo el reflejo del sol,
las algas me tocan, las aguas me cuentan.
Lluevo sobre las flores y escucho su voz:
“Lo que vuelve a ser tierra, nada lamenta”.
Desciendo en los mares, me lleva la espuma,
recojo en el agua los rostros del mundo,
me absorben las rocas, me arrulla la bruma;
la vida gira y se quiebra en lo profundo.
Sobrevuelo prados, vastos y dorados,
que recogen mi temblor en las espigas;
y descubro, entre los vientos fatigados,
la voz del hombre muerta en frases perdidas.
Paso sobre campos donde el trigo reza,
caigo en los surcos y bebo su reflejo;
vuelo sobre montes de vieja pureza
y veo al cielo contemplarse en su espejo.
Subo colinas donde el viento molesta;
sobre templos que nombran a un dios distraído.
Pregunto al trueno si el cielo le contesta,
pero este se apaga y Dios sigue escondido.
¡Cruel especie que en reflejo se condena;
que teme al final y olvida su semilla;
que, en busca de un Dios, rompe con su cadena
y mata al sol que alumbra su pesadilla!
¡Vil ser que teme morir sin un sentido,
que busca al Dios de los cielos en su pecho!
¿No sabes que habita, callado, escondido,
ni arriba ni fuera, sino en lo que has hecho?
Lloro al contemplar ciudades sin ayuno,
personas que corren sin saber adónde,
viendo disolverse sus días en humo
y los sueños en el aire que me esconde.
Y lloro. ¡Sí!, porque veo al ser humano,
su sed de infinito cubierta de llanto,
sembrando cenizas sin abrir la mano;
y lloro por su egoísmo, guerras y espanto.
PRESENTE
Al viento le pregunto:
¿Hay premio o culpa, existe trono o perdición?
Tal vez sólo sea un ciclo, la marea,
la breve forma, muy burda, de la creación
o el mismo pulso que en la llama se crea.
¿Hay premio o castigo? Tal vez sólo es cuerda;
quizá no hay infierno, ni el cielo esperado;
un ciclo que gira, un fuego que se queda;
sólo el Todo recreándose con lo creado.
¿Era esto el premio? ¿Era nuestro castigo?
Escucho al universo que me quiere hablar.
Soy polvo sin patria, viajero testigo,
que existe en cada rama que tiembla al pasar.
¿De qué sirve el premio si el alma no es libre?
“Te muestra que el Todo y la Nada se anudan”.
¿De qué sirve el cielo si nadie lo vive?
“La muerte no juzga, tan sólo desnuda”.
PRESENTE
Sentencia a mi reflexión:
No hay ni cielo arriba ni infierno debajo:
el Todo vibra, es eterno y simultáneo;
es un cambio de latido, no un atajo;
la muerte sólo es un pliegue momentáneo.
Y, en esa verdad que ni mata ni hiere,
noto que el morir no es fin, sólo es espera.
Ya no soy la ceniza que el viento infiere,
soy parte del aire, del mar y la esfera.
Tal vez no hay muerte. Tal vez sólo hay tránsito;
un regreso al todo del que vine un día;
un círculo de fuego, de aire y de llanto
cuando aún no sabía que existir dolía.
Si en mi volar con la sombra te intimido,
te diré en cada brisa que te reanima:
“No temas, soy tu reflejo redimido
Vive, ama. Todo existe. Nada termina”.
“El polvo regresa, la voz no te absuelve,
no hay fin en la muerte, el Ser sólo existe.
La flor que me acoge también se disuelve,
mas siento en su aroma la fe que persiste”.
“Ahora soy ceniza volando sin dueño;
soy parte del todo; me vuelvo sentido
cruzando mares, buscando con empeño
ser brisa, ser tierra y estar renacido”.
“Así vago, libre, sin pena ni dueño,
y veo rostros que miran hacia arriba.
Soy polvo del cosmos, ilusión del sueño
que susurra: ‘Revive. Nada termina’”.

