La tragicómica vida de don Cascarría y doña Extravaganza

En un barrio delirante
vive un tal Don Cascarría,
que asegura, muy campante,
ser ministro por un día.

Luciendo un traje elocuente
y su sombrero en espiral;
jura ser muy consecuente
¡con su caos monumental!

Porta un humo perfumado
y un chaleco funerario,
jura ser iluminado
por un faro imaginario.

Con pantalones del revés
y zapatos desparejos,
parece mirar a través
en bulliciosos festejos.

Cuando se ríe, rebuzna
aún mejor que su borrico
cuando se escucha la tuna
o golpea un zapapico.

Se desplaza cual espectro
que ha bebido su corazón,
y presume de su encuentro
con un endiablado ciclón.

Camina como si el suelo
fuera un espacio minado
y al hablar mueve el pañuelo
como un mago desquiciado.

Dice ser un filósofo
“de la razón existencial”,
pero su mayor logro fue
confundir pan con un coral.

Pide siempre “agua mojada”,
“tiniebla clara” o “luz sin sol”,
y a su sombra despistada
regaña sin ningún control.

Mas la gente lo respeta,
pues su labia es contagiosa;
cree que el mundo es opereta
y la vida, muy graciosa;

Que uno debe, sin rechazar,
hacer feliz su círculo,
como regalo en un bazar,
aunque se haga el ridículo.

Así vive Don Cascarría,
con ese estilo singular:
excéntrico en alegría
y poeta sin poder rimar.

Su esposa en esta locura,
que llaman Extravaganza,
presume de gran cultura,
aunque ignore hasta su panza.

Luce un manto fluorescente
y un peinado piramidal;
presume ser muy “influyente”,
mas para nada es servicial.

Bien oronda y bien servida,
su falda es mesa camilla
y en banquete desmedida,
sin saber cuál es su orilla.

Sus mofletes son pomelos,
sus piernas buenos jamones,
sus manos son dos ciruelos
con sus dedos salchichones.

Mugiendo como las vacas
enseña su dentadura
y al suelo se cae entre cacas,
pues aún no tiene atadura.

Por gafas lleva dos prismas,
cual pirámides de Egipto
perdidas en las marismas,
hechos con un eucalipto.

Proclama ser pitonisa
“de adivinación anormal”,
mas su visión más precisa
fue restarle al sol un fanal.

Pide “sombras encendidas”,
“frío ardiente”, “calma feroz”,
y a sus dudas preferidas
les da órdenes en alta voz.

Cuanto describe es conjura
en un escrito sin igual,
donde “juicio” es la “locura”
y “alcatraz” parece “pascual”.

Cree que el cosmos la celebra
con su fiesta religiosa,
mas el pueblo la requiebra,
pues su panza es prodigiosa.

Y acaba, sin más reparo,
besando a un espantajo
o culpando, con descaro,
al paraguas por ser grajo.

Así vive Extravaganza,
con su caos crepuscular:
emperatriz de tardanza
y monarca sin gobernar.

En lugar tan decadente,
moran dándose importancia
y dicen altivamente
ser albaceas del ansia.

La gente no necesita
ni circo, teatro o un cine;
basta hacer una visita
que en la pareja culmine.

Son árboles de Navidad
fluorescente, espectacular;
bengalas de la libertad
y diversión particular.

Se visten de terciopelo
con un halo funerario,
y declaran, sin recelo,
ser la musa del contrario.

Se deslizan como un ave
que ha olvidado su función,
sentenciando, con voz grave,
que pensar requiere sanción.

Juntos dicen ser teólogos
“del desastre internacional”;
con tesis y monólogos
que aburren hasta a un carcamal.

Demandan “fiebres heladas”,
“violenta paz”, “gritos sin voz”,
y a las dudas desquiciadas
sermonean con voz feroz.

Cuando reúnen su escritura
es homicidio celestial:
juntan “cadalso” y “ternura”
o “jacinto” con “arsenal”.

Pero el vulgo los estima,
pues su risa es portentosa,
aunque al mundo no redima
si no ríen cada cosa.

Pronuncian, con un resabio,
elogios a un viejo mueble
y acusan ser estropajo
a la luna por endeble.

Viven con extravagancia
con su porte particular;
son maestros en la ignorancia
y mal gusto espectacular.

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