Con cuatro ruedas de goma
pisa el asfalto veloz,
y en cada vuelta que toma
suena con chirriar feroz.
Frena ante un semáforo
cuando el rojo dice “pare”,
y ruge como un toro
aguardando el verde “pase”.
Se desfoga con su claxon
cuando alguien se le cruza,
irritándonos con su son
que, con prisa, nos azuza.
Corre, vuela y se estrella
para ganar un minuto,
cuando a nadie atropella
llenando calles de luto.
Y el peatón que no muere
al cruzarse en su destino,
angustiado se mueve
o de miedo pierde el tino.
Pero eso es el automóvil
que circula por la calle,
víctima del conductor vil
que se cree en un rally.
Es nuestro ataúd moderno,
que transporta un muerto vivo
en el umbral de lo eterno,
matando todo lo vivo.
Es el coche conducido
por las manos de un diestro
que, al no haber fenecido,
se ha convertido en maestro.
Y mata cuando no muere,
porque para eso ha nacido,
conducido por quien quiere
en su correr al suicidio.

