Tú me pides un poema;
tú, compañera eterna.
¿Si ya eres un poema,
para que me pides otro,
con melancolía acerba
que afea tu dulce rostro?
¡Pídeme el correr del tiempo!
¡Pídeme la luna entera;
que te mire atento!
Pero no hagas una escena
si se hace larga la espera
y te acongoja la pena;
Pues melodía incierta,
nunca se hizo tan pronto
o en fecha tan a la puerta.
Más ya que lo pides fiera,
te cantaré este canto
para apaciguar la espera:
«Lentamente se desgranan
las semillas de los años;
de sonidos quedos llenan
los surcos de mi llantera,
al transcurrir de los años
junto a la mujer señera
que, para alumbrar mi vejez
cuando esté llena de engaños,
con su incipiente preñez
hasta tres soles me trajo;
los más preciosos retoños
que mujer alguna ha dado.
Por eso, cuando la muerte
nuestra unión separe
y se acabe nuestra suerte,
de la que mucho he gozado,
que el Cielo me depare
ser yo el primer llorado.
Que nunca fue llanto bueno
el del hombre consolado
y de familia lleno;
pero sí el de la mujer
separada de su lado
en la flor del mayor querer;
Porque cuando la senectud
a un matrimonio llega,
renace en él la juventud,
esa amante perpetua
de luz clara y mañanera
que en su amor perdura.
Sí, porque en ella se verá
cuando los surcos se llenen
al fin de la sementera
y la edad caduca llegue,
esa edad que todos temen,
cómo su cabeza yergue
con hebras de plata llena,
señal imperecedera
que de su entrega me hará
con su tristeza y pena”.

